viernes, 12 de abril de 2013

"CRAC"...Y MIRÉ



No sé cuantas personas estarán de acuerdo conmigo, pero los deportes de equipos no son especialmente de mi agrado. Me gustan los individuales donde tú, si la cosa no sale bien, no tengas que imaginar que fue por ese o por aquel saque, pase, o tirada que no llegó a tu compañero.

Creo que eso va también con el sentido de la “individualidad” que tenga cada uno, otros lo llaman “no compañerismo”, “no saber trabajar en equipo” y alguno espero que los menos, dirán: “egoísmo”. A mí los deportes me gustan con el esfuerzo de una sola persona.

Todos los deportes que imaginéis donde el esfuerzo no es compartido me gustan.

Comencé a pensar esto en mi autobús, en el trayecto corto de todos los días pero que aun siendo corto, a mí me dan para pensar tanto.

Yo no sé jugar al futbol, empezando por ahí. En la playa unos amigos plantearon un “partidito amistoso”.
Lo dije desde primera hora: “ conmigo no contad”. Cuando he jugado con ellos siempre he acabado con un moratón, una torcedura o una patada no intencionada, claro, pero que duele lo mismo y llena de arena hasta el cuello pero esto no me desagrada. 

Yo solo sería animadora de los dos bandos y espectadora.
Iban a ser cinco chicas y cinco  chicos, éramos en total doce, yo que no quería jugar y un compañero que estaba con un brazo roto, que sería el árbitro en la distancia. Total tenían su equipo.

Hasta ahí, todo bien. Sería el próximo viernes.
Después de varios baños, se decidió que como en la playa no había casi nadie, era imposible molestar, así que empezaron a señalar los limites de aquel campo imaginario con los correspondientes montoncitos de arena y algunas piedras como porterías.

Noté que uno del equipo de los hombres no había ido y pensé que llegaría más tarde, pero no, dijo que al final no había podido. Sustituyó a un compañero de trabajo que por motivos personales no podía hacer su turno.

De forma que el equipo quedaría formado por cinco chicas y cuatro chicos mi amigo el del trauma y yo de espectadora-animadora.

Pero la cosa se complicó, comenzaron a decir, que así no se podía jugar que sobraba una de las chicas y resulta que todas estaban entusiasmadas en ese partido. Yo callada, veía las controversias que se estaban formando y miraba a mi amigo el del brazo. En esa mirada intercambiamos ideas, pero le contesté en voz alta – diciéndole – “conmigo que no cuenten”.

Pero contaron: ¡es amistoso!…¡no te preocupes!…¡verás que divertido!
A todo decía que “no”, que no jugaba con ellos. La última vez, tuve una torcedura de tobillo y que no jugaba.

Me convencieron… quise ponerme en el equipo de las chicas y no sé quien dijo: quédate con nosotros y te protegeremos de las patadas, ellas las dan muy fuerte. Lo creí, porque en el equipo masculino, había dos hombres fuertes de mi familia y pensé que ellos me protegerían como si fuese una  “princesita”. Me quedé con ellos.

Empezó el partido y en la primera pelota que me tiraron a los pies, después de diez minutos dando carreritas de un lado para otro y diciendo:  ¡a mí!, ¡a mí! Una de mis amigas me la quiso quitar y como jugábamos descalzos, oí un “CRAC” …sentí un dolor insoportable. Miré mi pie derecho y vi el dedo pequeño totalmente desafiando la ley de la uniformidad con los demás, doblado hacia la derecha más extrema. Mientras me caían lagrimones, sin que yo quisiera, advertí como formaba ese dedo un ángulo recto con el resto del pie.

Mi primer pensamiento fue: ¡lo sabía! ¡me tocó!

Volví a mirarlo sintiendo miedo de tocarlo, me dolía y yo sabía que ese dedo no se puede escayolar.
Era 19 de Agosto, cuatro días pasado el “ecuador” de mis vacaciones y un dedo roto. Todos mis planes echados por tierra. Había una excursión  a los tres días que no me quería perder. La esperaba desde primavera, lo tenía todo preparado. Me hacía mucha ilusión, no conocía ese sitio y estaba visto que ese verano de hace tres años tampoco lo iba a conocer.

Pedí unas zapatillas de las que se ajustan, puse mi dedo en su posición normal y con mucho dolor la ajuste al máximo. Sabía lo que había que hacer, pero necesitaba unas radiografías, tenía que saber que tramo del dedo estaba mal.

Oía a mi alrededor: ¡te duele mucho!, ¡perdón ha sido sin querer!, ¡apóyate en mi¡,¡ no te muevas, te ayudamos! uno de mis amigos perteneciente al gremio sanitario dijo riéndose a carcajadas : ¡un médico!, ¡un traumatólogo, pero de los buenos! 
A los demás no les contesté, pero a él sí y creo que es mejor que me reserve lo que le dije, hay frases y palabras que mejor están en el fondo de mi memoria.

Rápidamente , trajeron un coche, había que buscar un sitio donde hacer las radiografías, en eso si fueron diligentes.
Con el diagnóstico en la mano, vi que solo era el tramo menos complicado, pero en la clínica se empeñaron en no dejarme salir de allí, sin la cura necesaria.
La única forma de que este dedo vuelva a soldar es uniéndolo al dedo de al lado por medio de un vendaje, esperar el tiempo necesario y ya está.

Pero el resto de las vacaciones te lo fastidia un dedo tan chico.

Las indicaciones que me dieron, son las mismas que yo habría dado: Reposo absoluto, nada de movimiento, pie elevado por encima del corazón (es decir acostada), nada de playa, ir si el vendaje estaba fuerte, ir si el vendaje estaba flojo, no tocar el vendaje, no mojar, no andar, ni nada de nada y lo que más me dolió no fue el dedo en sí, era saber que no podría bañarme en el mar, más ese mes.

Me llevaron de vuelta a mi casa y me paré a comprar unos analgésicos, los que me habían dado en la clínica, no pensaba tomármelos, eran demasiado fuertes, compré también un rollo grande de esparadrapo y listo… a casa.

Me decían: ¡ahora tranquila, ya está todo! ¡ya se sabe de que es! ¡esto con reposo se quita!

¡¡¡Reposo!!! Me repetía yo, ¡imposible!, aborrezco esa palabra. Son mis vacaciones quiero ¡¡¡actividad!!!
Sabía lo que tenía, ¿como no lo iba a saber?, era mi pie, era mi dedo y tenía el procedimiento para curarlo. De no haberlo sabido, el amable doctor que me atendió y que me preguntó el nombre tres veces, me lo había dejado bastante claro.

Cuando estuve sola, empecé a estudiar mi propio caso. Me quité aquel vendaje, uní mis dos dedos con esparadrapo por el sitio de la rotura, tomé un analgésico y a dormir un rato.
Cuando desperté, vi que no había inflamación, así que lo había hecho bastante bien. Me arreglé y con unas sandalias y salí a la calle.
Al día siguiente, enfundé esos dos dedos en una bolsa de plástico pequeña que me dieron al comprar unas pilas y me fui a la playa.
 
Hice la excursión que creí que no podría hacer. Claro el dedo estaba en todo momento bajo mi supervisión y a los cinco días decidí empezar a nadar, dolía un poco pero el placer del agua superaba ese dolor.

No volví a jugar más con ellos ni a las “palitas” en la playa. Veía sus partidos, éramos todos amigos y no me negué a seguir animando a los dos equipos.

Dentro de unos días hay un “derbi” en mi ciudad. Es una tradición para muchos de nosotros ir y reunirnos.

Aunque no entiendo mucho de futbol, siempre hay alguien que quiera que salga sabiendo un poco más de este deporte y me va explicando: cada pase, cada jugada, cada córner, penalti, saque de puerta, saque de banda, etc.
A veces me dicen: ¿has visto que jugada más bonita?, cuando a lo mejor estaba mirando a alguien indeterminado en la grada de enfrente – pensado- ¡qué colorido!, ¡voy a hacer fotos!

Digo - ¡Sí!, pero no es cierto, no sé si la jugada es bonita… porque no sé cuando es fea.

De todas formas iré, es una manera de estar con los míos. Lo importante no es el partido ni el resultado.

Creo que nos reunimos más por pasarlo bien y las “chiquicientas” fotos que nos hacemos, que por el “derbi” en sí.

Pero cuando llegue a mi casa, pensaré: ¡qué bien lo he pasado!










miércoles, 10 de abril de 2013

ME SIENTO MAL



Hoy es de esos días que todo te da lo mismo. Es Miércoles y aun en la cama, empiezo a memorizar todas las cosas que tengo que hacer. Pero hoy no sé porqué todo me da igual.

Me daría lo mismo llegar tarde como no llegar o en lugar de ir al trabajo ir a otro sitio. Me siento como un robot programado día a día para las mismas cosas.

Esto no es normal en mí. Cuando me levanto lo hago con energías y nunca pienso eso, ¿qué me ocurre? 
El tedio, la apatía y la desgana no son aptitudes que me habiten.

Vuelvo a dar la vuelta en la cama, me abrazo aun mas fuerte a la almohada y vuelvo a pensar: ¿y si dejo pasar el tiempo, aquí donde estoy ahora?, ¿qué pasaría? Solo se formaría el lógico revuelo al ver, que yo tan puntual no llego al trabajo. Después vendría la llamada de mi compañero agobiado por no saber donde están: unos papeles, unas llaves, por no saber la clave de algo, en fin…asuntos de trabajo, que él tendría que saber tan bien como yo o mejor, es su responsabilidad.

Me vuelvo a girar y miro hacia el techo… y vuelvo a pensar en lo mismo ¿qué me pasa?
Es increíble no tengo ganas de levantarme, anoche me acosté antes. Eso me volvió a extrañar. Yo, ave nocturna, me gusta la noche, aumenta mi creatividad, despierta mis sentidos. Soy de poco dormir desde siempre, pero de mucho soñar, quizá demasiado. Eso es lo que me extraña.

Me siento en la cama y en ese gesto tan peculiar que creo que hacemos todos al levantarnos, que es ponerse de pie y estirarse al máximo, cuando lo hago noto que me duelen los hombros y el cuello. Lo repito y siento el mismo dolor.

Con las manos intento ir tocando la espalda, desde la nuca hasta el final de las dorsales. Pensé que sería una contractura, pero no, no lo es, no hay rigidez. Tomo mi cuello  con las dos manos y por Dios me duele, lo mismo hago en los hombros.

Una ducha caliente me sentará bien – creo.
No la ducha no me ha sentado bien estoy igual o peor. Bueno... “veremos como acaba el día”.
Me paso la mano por la frente para alejar el pelo de mi cara y estoy ardiendo. Por eso sentía tanto frio, aun estando el agua caliente a mí que me gusta casi fría.
Me dolía la cabeza.

¡No!, ¡No puede ser!, ¡¡¡ GRIPE !!!

Preparo café y tomo un analgésico. Ahora ya sabía lo que tenia, pero esto no hacia que me sintiera mejor.

Por un momento pensé que el “me da igual de todo “ había llegado a mi vida, pero era imposible, es una frase que nunca pronuncio, me parece tan “fuerte”. No recuerdo cosas que me “hayan dado igual” nunca. En todo lo que me pasa a mí o a las personas que quiero suelo implicarme, a veces demasiado, pero no me arrepiento.
Ya vestida y con todo preparado, salgo de la casa para ir al autobús. Busco el teléfono en el bolso ¡uf! ¡dos llamadas, ya! No las contesto y observo solo la hora.
No era tarde y si era algo importante ya volverían a llamar, no eran llamadas de mi familia. Como ¡no!, del trabajo.

Mi parada esta cerca de un colegio y me gusta ver a los padres como de la mano, llevan a sus hijos.
Los niños a veces, la mayoría de las veces o mejor dicho, siempre. Van haciendo preguntas y noto como los mayores no las contestan, solo dicen: ¡vamos que se hace tarde!, o dan un ¡Sí!, o un ¡No! Por toda contestación. Si realmente pensásemos esas preguntas, podríamos razonar de otra forma, con más lógica, creo que hasta con más sentido común. Son preguntas simples y profundas al mismo tiempo, ellos son los verdaderos genios de la vida.

Me gusta ese bullicio tan peculiar de los niños. Me produce alegría oírlos, son increíblemente sabios en su inocencia, a menudo hacen preguntas y dan respuestas que si las hiciésemos los mayores todo iría mucho mejor en el mundo. Sería todo más simple.

Lo que ocurre es que nosotros, los mayores…los listos… los sabios…los inteligentes…los dueños de la sabiduría por excelencia…los que tenemos todas las preguntas y todas las respuestas , el entorno, la sociedad que le hemos creado y las pautas de comportamiento que hacemos que asimilen y cumplan. Hacen que al final sean como nosotros mismos, los hacemos a nuestra imagen y semejanza y esa sabiduría innata de los inocentes se va perdiendo poco a poco.

Solo me gusta oírlos, no los miro se cohíben al ver que un extraño oye las preguntas que no van dirigidas a él.
Por un momento pensé: son como “esponjas” asimilando datos y conocimientos en cada mirada que echan a su alrededor.

Es bonito ver como un mundo tan viejo, tan usado y tan desgastado, es observado por unos ojos limpios y nuevos. 

Subí al autobús. Volví a retirar mi flequillo de la cara y note que la fiebre no había disminuido, me sentía arder unas veces y tenia frio otras. Quería estar pendiente, esta vez tenía que bajarme en mi parada, no tenía ganas de caminar mucho.

Yo con ¡gripe!, pero ¡si me vacuné… soy de uno de los grupos de riesgo…si estamos en primavera… nadie coge la gripe en primavera! Todos estos razonamientos, me daban una misma respuesta: ¡Sí…tú tienes gripe!
 
Bajé del autobús de mala gana. Me hubiese quedado allí hasta la última parada, pasando varias veces por la primera.

Al pasar por el quiosquito de mi amigo, algo debió notar, me dio: los “Buenos días” – le contesté –y cuando me había separado ya algo del lugar, alzó la voz –diciendo- mi nombre – me giré y me quedé mirándolo, esperando una respuesta  a su llamada. Con una media sonrisa y levantando un poco las cejas, me dijo: “el día pasa pronto”.
Le sonreí y volvió a devolverme la sonrisa que yo le acababa de mandar.

La sonrisa es como un código de silencio. Si tu sonríes, siempre te la devuelven, como si no quisieran que la perdieras nunca.

Asentí con la cabeza, sabiendo que él sabía que algo me pasaba y seguí mi camino.
Al subir las escaleras de mi trabajo, me di cuenta que no podría con las horas del día. Di cuatro indicaciones tontas que se hubiesen dado solas y llamé a un taxi, me fui a mi casa, de donde no tenía que haber salido.

Me metí en la cama, volví a abrazar a la almohada. Pensé algo…no se qué. Y creo que me dormí.

Sí, seguro que me quedé dormida, porque no recuerdo haber soñado.



domingo, 7 de abril de 2013

CAFÉ " DER " BUENO



Cuando quedamos mis amigos y yo, no lo hacemos por facebook y casi nunca por teléfono. Nos comunicamos por correos electrónicos.

Es más fácil. Nosotros, nuestro grupo de amigos, todos; tenemos la costumbre de abrirlos por la noche antes de irnos a dormir. Yo por necesidades de trabajo y los demás supongo que por lo mismo, sea como fuere los abrimos.

Es más fácil por correo que en facebook con todas las ventanitas desplegadas. En el correo, pones lo que necesitas, la idea concisa y estricta le das a enviar a ese grupo y listo, todos enterados. Al día siguiente, ya se podrá hablar de todo lo que se quiera.

La palabra mía clave es : CAFÉ “DER “ BUENO.

Esta clave ya nos está indicando una reunión. No tienes que esperar ninguna contestación.

Asunto: CAFÉ “ DER “ BUENO.
Texto: en el “Arenal” a tal….hora.

Siempre quedamos en el “Arenal “ y en el mismo bar.
No importa que no contesten, sabes que alguien va seguro y si no somos ocho pues seis o cuatro o tres.
Nunca nos hemos visto solos  allí esperando.

Tampoco le mandamos este correo a todas las amistades, no sería lógico presentarnos allí veinte personas a tomar café. Es solo para los amigos y yo como no tengo muchos, pues me es fácil.

Una vez dentro, toca, lo que yo pienso que es: marear al señor que nos atiende. De todos los que vamos nadie toma nada igual, empezamos diciendo: ¿quién toma café? Nos miramos y decimos: venga yo pido. Hay que hacer una lista.
 
Café solo en vaso largo, café con leche que esté fuerte, un manchado, un descafeinado de sobre, un descafeinado de maquina con leche, un descafeinado de maquina solo, un té, una menta poleo, un “cortao” para un amigo que solo toma eso y un café con leche templada. Ese es el mío.

Al terminar la lista, que más que una lista es un lio, siempre decidimos acercarnos a la barra y pedirlos.

Nos esperamos, los van poniendo y cada uno se asegura, que es eso lo que ha pedido.
Unimos varias mesas y comienza la  “toma del café”. Tenemos tantas cosas de las que hablar…hace una o dos semanas que no nos reunimos y los acontecimientos se suceden.

Los que nos reunimos practicamos todos el mismo deporte, por lo que sí es un viernes por la mañana, vamos con nuestras mochilas o bolsas de deporte con todo dentro.

Yo siempre voy sin coche, pero tengo tarjetas de todos los medios de transportes de mi ciudad: bus, metro, tranvía, tren, teléfono de radio-taxi, últimamente uso también el sistema de bicicletas y sobre todo un par de  pies y piernas que me gusta utilizar. El coche para mí es solo como una lejana alternativa.

Cuando estábamos tomando café, alguien dijo: ¡uf! ¡qué pereza, nadar ahora!, ¿porqué no nos vamos a otro sitio?, empezamos a decir lugares a cual más atractivos. Pero como siempre, salió la voz de una amiga mía, “la voz de la cordura”, que dijo: ¿vamos a dejar solo a Paco? ¡se va a enfadar!, ¡veremos el próximo día! Miramos el reloj todos por instinto y pensamos lo mismo: si nos damos prisa llegamos.

La distribución en los coches fue rápida.

En uno de ellos íbamos, en la parte de atrás: María, Lisi y yo. Delante Imma conduciendo y Conchi que la que teníamos que dejar en su coche porque por allí le fue imposible aparcar.

El coche en el que nos subimos es un utilitario de ciudad de dos puertas, nos acogió a todas. Pero yo que fui la tercera en entrar, noté como el asiento me abrazo de tal forma que sentí por un momento que me encontraba abrazada en un sillón de astronauta. Estaba un poco hundido, quedé totalmente encajada.

Al subir la copiloto, advertí que el asiento de delante estaba echado para atrás del todo y el respaldo del mismo excesivamente reclinado, de forma que no me cabían las piernas. En ese momento me sentí como un ser de goma y pensé : ¿a ver como salgo de aquí?

La agilidad de una persona en esa posición no tenía nada que decir. Estaba  acoplada de tal forma a ese hueco, que sentí que mi cuerpo se hacia un “ocho”. Bueno – pensé- ¡ya llegaremos!

¿Adónde has dejado el coche? – debajo del puente - respondió.

¡Ah! Sí, dijo alguien. Yo pensé que nunca lo había dejado allí, ni sabía que hubiesen aparcamientos, pero bueno todo se aprende.

Tienes que seguir recta, girar a la derecha, después todo seguido, giras a la izquierda tomas la segunda bocacalle, sigues recto doblas la primera a la derecha y llegamos. Eso lo dijo una de mis amigas. Todo seguido, de un tirón, casi sin respirar, con confianza en sus palabras y con más certeza que un G.P.S.

Una vez hecho esto, no llegamos a ningún aparcamiento. Donde estábamos habían dos puentes y que yo recordara no se podía aparcar. Son paseos a orillas del rio, o al menos nunca pensé que hubiese allí un aparcamiento grande.

Por aquí no lo he dejado –dijo. Es por el otro puente. ¿pues tu me dirás como llegamos?, ¡yo por aquí, no sé! -¡ah!, ¡ya! Dijo la misma persona, ¡no, no es por aquí! Da la vuelta. Dimos la vuelta pero como no es tan fácil dar la vuelta con un coche, empezamos a pasar por rotondas y hay muchas. Una vez que casi llegamos al punto de partida, había que buscar el otro puente.

Diligente mi amiga G.P.S. dio las nuevas indicaciones con rapidez. Yo le preguntaba ¿estás segura?, ella hizo un movimiento de hombros que yo lo interpreté como: ¡creo que sí! o ¡me parece! o en última instancia ¡no tengo ni idea!

Por ahí no era. De nuevo ruta errónea. 

A lo que ella llamó bajos del puente, son unos aparcamientos que están muy cerca de la biblioteca pública “ Infanta Elena” y ésta, está cerca de un famoso puente de esta ciudad.
Después de muchas vueltas la dejamos en su coche. 

Yo debía pasar delante como copiloto y vino el problema.

Sabía desde el primer momento que estaba empotrada en un sitio, con las rodillas rozándome la barbilla, de lado y reclinada sobre mí misma.

Intenté salir, por Dios que lo intentaba, pero a los comentarios de las demás, empecé a reírme y eso es malo en mí... muy malo. Si me rio mi cuerpo pierde fuerzas, no responden mis intentos de movimientos, lo intento con ahínco pero no puedo.
Mis piernas que no son cortas, casi no se podían desplegar. Intentaba  separar mi cuerpo del asiento, pero si me reía era imposible, oía decir ¡¡chiquilla pero no te rías más, que no llegamos!!, ¡¡como empiece a reírse no para, ¡¡dejadla, dejadla, ya se le pasará!! Decía María.

Lo mejor fue una idea que tuvo una de mis amigas:  ¡das un salto con las dos piernas y sales¡ Al oír esto, yo que no podía parar de reír , mi risa me dejo aun más floja. ¡Pero si no me podía mover! ¿cómo quería que saltase con las dos piernas a la vez?, la oía decir: “mialá y que no para de reírse ” ¡¡¡chiquilla!!!, me decían más fuerte  ¡¡ te “quiés” salir ya, que se hace tarde!!, ¡ pero si es muy fácil, sacas los dos pies y saltas!,  ¡¡“cucha” que no llegamos!!, ¡vamos, vamos, que no te rías, que así no puedes!  Me dolían los músculos  del estómago de reírme tanto. Como podía decía entre risas, ¡si es que no puedo!, ¡me ha atrapado!

Por fin, yo sola, intenté tranquilizarme y pude sacar una pierna, pero la otra se resistía a seguirla, estuve un rato con una pierna afuera y la otra adentro de aquel vehículo “atrapa- personas”, riéndome a más no poder. Ya no solo me reía por mi situación sino también lo hacía por la desesperación de ellas que querían que dejase de reírme y yo no podía. Cuando me tranquilicé algo más y me liberé un poco de esa risa tonta, mis músculos obedecieron a mi cerebro salí.

Nadamos, pero cada vez que nos cruzábamos y me acordaba tenía que parar. A mí, me es imposible nadar y reírme a la vez.
  
Cuando salimos llovía tanto que me vine con Lisi y con Manuel en su coche, pero esta vez iba cómoda.








sábado, 6 de abril de 2013

" PARKOUR "



Mañana es sábado me volví a repetir al bajar del autobús, que bien, saldré a dar un paseo largo en bici con Goku.

Goku , es mi perro, el casi-humano  más inteligente que conozco. A veces me parece, que cuando se queda fijo mirándome me está leyendo el pensamiento, me siento invadida por él, pero no me desagrada es más me gusta compartir con él mis pensamientos. Entonces le sonrió y viene hacia mi buscando una caricia, que sabe, que la tiene asegurada.

Mi perro se ha acostumbrado, bueno él y yo; a esos largos y eternos paseos por un parque muy grande y conocido de mi ciudad. Esto está bien, pero ya no le gusta que lo lleve yo de la correa. Antes cuando íbamos a salir él me traía la correa hasta mis manos, sabe que sin ella no hay calle, pero ahora cuando la trae, se para delante de mi y sé que es para ir hasta la bicicleta, solo se la puedo poner a él cuando ya está atada a la bici, de forma que cuando monto formamos un conjunto algo peculiar: yo, mi perro, la bici y la correa.

Por suerte donde vivo se puede circular en los carriles  propios para estos fines, puedes hacerlo por toda la ciudad, protegida de los coches. Carriles que solo usamos los que vamos en bici y los patinadores.
Recuerdo un día que íbamos siete personas y mi perro. El casi siempre conmigo, siento que verdaderamente es mi mejor amigo.

Al llegar a una zona determinada del parque, escuchamos los dos ¡¡¡¡PARKOUR!!!!  Nos miramos y creo que nos hicimos la misma pregunta: ¿que será eso? Lo comenté con las personas con las que íbamos y a nadie le llamó la atención, pero yo después de haberlo oído tres veces  tenía que saber lo que era. Eran gritos de fuerza, sacados del estómago como una buena patada de karate.

Dije: ¡un momento, ahora vuelvo!, ¿a dónde vas?- primera pregunta - ¡ahí!, ¡ahí! ¿dónde, es?, varios de los que iban, saben que mis ¡ahora vuelvo!, pueden tardar un poco, hasta que mi curiosidad por lo que desee ver quede satisfecha. Volví a contestar: ¡ahí!

Cuando digo ¡ahí! Suelo hacer un gesto de indicación indeterminado con la mano, de forma que no sepan exactamente adonde es, no lo hago por confundirlos, lo hago por si el trayecto de mi ¡ahí! lo modifico, simplemente por eso. Para no crearles ningún tipo de confusión.

¿Llevas teléfono? - ¡no! – es sábado y hoy,  no hay teléfonos para mí, lo sabéis. Toma el mío -¡no! -voy solo ¡ahí!  Acuérdate de la ultima vez… me dice alguien. Asiento con la cabeza y digo: ¡vale!

Cuando me dicen ¡acuérdate de la última vez..!, siempre contesto lo mismo y la verdad es que no lo recuerdo. Siempre suelo despistarme un poco, porque las cosas que a mí me parecen más interesantes, para los demás no tienen ningún tipo de interés o simplemente pasan desapercibidas.

Las personas con las que suelo ir, nunca llevan nada para guardar sus objetos personales: gafas, móviles, tabaco y encendedor, cámaras de fotos, llaves del coche, caramelitos, pañuelos, moneditas sueltas, porque según ellos pesan también, etc.  En fin, todo lo que sueles llevar en algún tipo de "excursión corta", "escapada breve" o "paseo largo".  Siempre llevo una pequeña mochila con mis cosas y todo me lo dan a mí para guardarlo. 

Una vez en uno de mis ¡ahí! Se despistaron todos de mí y me encontré con mi mochila y con los móviles de los demás, sin saber a quién llamar para ver por donde se habían perdido. Se tenían que haber quedado donde los deje, ¡total!, dije que volvería en un momento.

Desde entonces, cuando visitamos algún lugar nuevo, decimos: el que se despiste, que espere en el Ayuntamiento. Afuera se entiende.

Hemos quedado en diferentes sitios: Puntos de Información y Turismo, no da resultado, hay muchos - no sirve. También hemos quedado en monumentos y lugares importantes. Claro que cada uno entiende por importante lo que le gusta a él.

Cierta vez después de visitar una Catedral, un Museo Arqueológico, una muy buena Exposición de Pinturas y unos jardines maravillosos, se despistaron de mí y pasé más de una hora esperando en el lugar que creí mas importante, en el Museo. Cada uno entendió que sus gustos eran los más importantes y se formaron dos grupos. Los que creyeron importante la Catedral y mi grupo, formado solo por mí.

Así que decidí ir a buscarlos para ver por donde se habían perdido esta vez y mis sospechas se confirmaron: estaban todos perdidos en la puerta de la Catedral. Desde entonces el punto de reunión para los que se extravíen es el Ayuntamiento, porque siguen dándome a mi todas sus pertenencias.

Acepté de mala gana el teléfono y nos dirigimos mi perro y yo, a las llamadas tan interesantes de esas voces. No sin antes tener que oír varias indicaciones: ¡no tardes mucho!… ¡te esperamos por aquí!…¿vamos contigo?, después de negar una vez con la cabeza, afirmar una y volver a negar otra vez, por fin nos pudimos ir.

Realmente no estaban muy lejos los dueños de esos curiosos gritos.

Era un grupo de jóvenes, saltando y haciendo unos equilibrios impresionantes con sus propios cuerpos, con una agilidad , una fuerza y una soltura que no la podría describir con mis parcas palabras.

Yo, que reconozco, que pregunto y no me importa admitirlo. Le dije, al joven que me pareció que era el más experimentado del grupo, lo supe por ser él, el que daba las explicaciones a los demás: ¿qué hacéis? – PARKOUR - ¡ah!, ¡ya! y ¿qué es eso? –pregunté.

El chico en un francés perfecto me dijo: “l´art du desplácement”, no hacía falta decírmelo en francés con solo decirme: “ el arte del desplazamiento” hubiese sido suficiente -¡ah!- contesté. Y decidí irme para no molestar más, pero el joven se ve, que necesitaba que alguien preguntase para dar toda la información que tenia, así que me la dio a mí.

Empezó a contarme que la propia palabra  “PARKOUR “ venia del francés “traceurs” que significa “trazador”. Vamos algo así como “el que decide el recorrido”.

Me comentó que el objetivo de este tipo de entrenamiento era formar a personas físicas y mentalmente fuertes para responder a las emergencias y ser útiles a la sociedad. Yo no sé porqué en ese momento –pensé- en el “Cuerpo de Bomberos”. Después de las muchas y buenas explicaciones que me dio, deduje que me perdí entre la palabra “Yamakasi” japonesa y la palabra “Ya-makási” del lingana, lengua africana.

Cuando miré el reloj había pasado algo más de una hora, Dios mío, si iba a ser solo un momento. Apresuradamente cogí el teléfono para avisar que estaría allí enseguida. “No te preocupes estamos en el bar… “me dieron un nombre. Tomando café. ¡ah, vale! –respondí. Dentro de quince minutos estoy ahí.
Me marché del parque pensando: ¡qué deporte más extraño!

Por un momento lo comparé con uno que de muy pequeña y ya algo más mayor llegué a jugar en el colegio y en casa de algunos amigos cuando estábamos todos aburridos.
Era:“Un, dos, tres…pollito inglés”. Le encontré cierta similitud.

Uno se ponía mirando hacia una pared y al decir la “ingeniosa frase” los demás a su espalda se iban moviendo, de forma que cuando se giraba el que estaba de espaldas a ellos, tenía que ver que todos habían avanzado y ninguno se movía. 

Nunca supe quien era el “pollito” ni quién era  el “inglés”. Llegué a pensar que el “pollo” era el que se quedaba y los “ingleses” eran todos los demás. 

Lo pregunté en su momento, como todo. Pero cada cual me daba su versión. Yo creo que ellos tampoco lo sabían, así que he llegado a mi edad sin poder desenmascarar ese misterio.

Cuando llegué al bar, me estaban esperando afuera. 

Al volver a mi casa, liberé a mi perro de su correa. Nos miramos los dos asimilando todo lo aprendido.

Paseé suavemente mi mano varias veces por su cabeza y me puse a escribir.