viernes, 12 de abril de 2013

"CRAC"...Y MIRÉ



No sé cuantas personas estarán de acuerdo conmigo, pero los deportes de equipos no son especialmente de mi agrado. Me gustan los individuales donde tú, si la cosa no sale bien, no tengas que imaginar que fue por ese o por aquel saque, pase, o tirada que no llegó a tu compañero.

Creo que eso va también con el sentido de la “individualidad” que tenga cada uno, otros lo llaman “no compañerismo”, “no saber trabajar en equipo” y alguno espero que los menos, dirán: “egoísmo”. A mí los deportes me gustan con el esfuerzo de una sola persona.

Todos los deportes que imaginéis donde el esfuerzo no es compartido me gustan.

Comencé a pensar esto en mi autobús, en el trayecto corto de todos los días pero que aun siendo corto, a mí me dan para pensar tanto.

Yo no sé jugar al futbol, empezando por ahí. En la playa unos amigos plantearon un “partidito amistoso”.
Lo dije desde primera hora: “ conmigo no contad”. Cuando he jugado con ellos siempre he acabado con un moratón, una torcedura o una patada no intencionada, claro, pero que duele lo mismo y llena de arena hasta el cuello pero esto no me desagrada. 

Yo solo sería animadora de los dos bandos y espectadora.
Iban a ser cinco chicas y cinco  chicos, éramos en total doce, yo que no quería jugar y un compañero que estaba con un brazo roto, que sería el árbitro en la distancia. Total tenían su equipo.

Hasta ahí, todo bien. Sería el próximo viernes.
Después de varios baños, se decidió que como en la playa no había casi nadie, era imposible molestar, así que empezaron a señalar los limites de aquel campo imaginario con los correspondientes montoncitos de arena y algunas piedras como porterías.

Noté que uno del equipo de los hombres no había ido y pensé que llegaría más tarde, pero no, dijo que al final no había podido. Sustituyó a un compañero de trabajo que por motivos personales no podía hacer su turno.

De forma que el equipo quedaría formado por cinco chicas y cuatro chicos mi amigo el del trauma y yo de espectadora-animadora.

Pero la cosa se complicó, comenzaron a decir, que así no se podía jugar que sobraba una de las chicas y resulta que todas estaban entusiasmadas en ese partido. Yo callada, veía las controversias que se estaban formando y miraba a mi amigo el del brazo. En esa mirada intercambiamos ideas, pero le contesté en voz alta – diciéndole – “conmigo que no cuenten”.

Pero contaron: ¡es amistoso!…¡no te preocupes!…¡verás que divertido!
A todo decía que “no”, que no jugaba con ellos. La última vez, tuve una torcedura de tobillo y que no jugaba.

Me convencieron… quise ponerme en el equipo de las chicas y no sé quien dijo: quédate con nosotros y te protegeremos de las patadas, ellas las dan muy fuerte. Lo creí, porque en el equipo masculino, había dos hombres fuertes de mi familia y pensé que ellos me protegerían como si fuese una  “princesita”. Me quedé con ellos.

Empezó el partido y en la primera pelota que me tiraron a los pies, después de diez minutos dando carreritas de un lado para otro y diciendo:  ¡a mí!, ¡a mí! Una de mis amigas me la quiso quitar y como jugábamos descalzos, oí un “CRAC” …sentí un dolor insoportable. Miré mi pie derecho y vi el dedo pequeño totalmente desafiando la ley de la uniformidad con los demás, doblado hacia la derecha más extrema. Mientras me caían lagrimones, sin que yo quisiera, advertí como formaba ese dedo un ángulo recto con el resto del pie.

Mi primer pensamiento fue: ¡lo sabía! ¡me tocó!

Volví a mirarlo sintiendo miedo de tocarlo, me dolía y yo sabía que ese dedo no se puede escayolar.
Era 19 de Agosto, cuatro días pasado el “ecuador” de mis vacaciones y un dedo roto. Todos mis planes echados por tierra. Había una excursión  a los tres días que no me quería perder. La esperaba desde primavera, lo tenía todo preparado. Me hacía mucha ilusión, no conocía ese sitio y estaba visto que ese verano de hace tres años tampoco lo iba a conocer.

Pedí unas zapatillas de las que se ajustan, puse mi dedo en su posición normal y con mucho dolor la ajuste al máximo. Sabía lo que había que hacer, pero necesitaba unas radiografías, tenía que saber que tramo del dedo estaba mal.

Oía a mi alrededor: ¡te duele mucho!, ¡perdón ha sido sin querer!, ¡apóyate en mi¡,¡ no te muevas, te ayudamos! uno de mis amigos perteneciente al gremio sanitario dijo riéndose a carcajadas : ¡un médico!, ¡un traumatólogo, pero de los buenos! 
A los demás no les contesté, pero a él sí y creo que es mejor que me reserve lo que le dije, hay frases y palabras que mejor están en el fondo de mi memoria.

Rápidamente , trajeron un coche, había que buscar un sitio donde hacer las radiografías, en eso si fueron diligentes.
Con el diagnóstico en la mano, vi que solo era el tramo menos complicado, pero en la clínica se empeñaron en no dejarme salir de allí, sin la cura necesaria.
La única forma de que este dedo vuelva a soldar es uniéndolo al dedo de al lado por medio de un vendaje, esperar el tiempo necesario y ya está.

Pero el resto de las vacaciones te lo fastidia un dedo tan chico.

Las indicaciones que me dieron, son las mismas que yo habría dado: Reposo absoluto, nada de movimiento, pie elevado por encima del corazón (es decir acostada), nada de playa, ir si el vendaje estaba fuerte, ir si el vendaje estaba flojo, no tocar el vendaje, no mojar, no andar, ni nada de nada y lo que más me dolió no fue el dedo en sí, era saber que no podría bañarme en el mar, más ese mes.

Me llevaron de vuelta a mi casa y me paré a comprar unos analgésicos, los que me habían dado en la clínica, no pensaba tomármelos, eran demasiado fuertes, compré también un rollo grande de esparadrapo y listo… a casa.

Me decían: ¡ahora tranquila, ya está todo! ¡ya se sabe de que es! ¡esto con reposo se quita!

¡¡¡Reposo!!! Me repetía yo, ¡imposible!, aborrezco esa palabra. Son mis vacaciones quiero ¡¡¡actividad!!!
Sabía lo que tenía, ¿como no lo iba a saber?, era mi pie, era mi dedo y tenía el procedimiento para curarlo. De no haberlo sabido, el amable doctor que me atendió y que me preguntó el nombre tres veces, me lo había dejado bastante claro.

Cuando estuve sola, empecé a estudiar mi propio caso. Me quité aquel vendaje, uní mis dos dedos con esparadrapo por el sitio de la rotura, tomé un analgésico y a dormir un rato.
Cuando desperté, vi que no había inflamación, así que lo había hecho bastante bien. Me arreglé y con unas sandalias y salí a la calle.
Al día siguiente, enfundé esos dos dedos en una bolsa de plástico pequeña que me dieron al comprar unas pilas y me fui a la playa.
 
Hice la excursión que creí que no podría hacer. Claro el dedo estaba en todo momento bajo mi supervisión y a los cinco días decidí empezar a nadar, dolía un poco pero el placer del agua superaba ese dolor.

No volví a jugar más con ellos ni a las “palitas” en la playa. Veía sus partidos, éramos todos amigos y no me negué a seguir animando a los dos equipos.

Dentro de unos días hay un “derbi” en mi ciudad. Es una tradición para muchos de nosotros ir y reunirnos.

Aunque no entiendo mucho de futbol, siempre hay alguien que quiera que salga sabiendo un poco más de este deporte y me va explicando: cada pase, cada jugada, cada córner, penalti, saque de puerta, saque de banda, etc.
A veces me dicen: ¿has visto que jugada más bonita?, cuando a lo mejor estaba mirando a alguien indeterminado en la grada de enfrente – pensado- ¡qué colorido!, ¡voy a hacer fotos!

Digo - ¡Sí!, pero no es cierto, no sé si la jugada es bonita… porque no sé cuando es fea.

De todas formas iré, es una manera de estar con los míos. Lo importante no es el partido ni el resultado.

Creo que nos reunimos más por pasarlo bien y las “chiquicientas” fotos que nos hacemos, que por el “derbi” en sí.

Pero cuando llegue a mi casa, pensaré: ¡qué bien lo he pasado!










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