miércoles, 17 de abril de 2013

DON MARIO



Siempre cuando llega esta época, compadezco a los estudiantes, quizá porque yo lo fui, y a veces siento como si lo siguiera siendo, durante muchos años.
Cuando llega la primavera, el calor, las ganas de dejar de pensar en los estudios, la apatía y todo lo que conlleva es una verdadera cuesta arriba seguir, continuar, hacer lo que hay que hacer.

Siempre me acuerdo por esta época de Don Mario.
 
Don Mario era un profesor que yo tenía que nos daba Matemáticas 2 y Física 2. Creo que es el hombre que por aquella época yo consideraba más inteligente del mundo.
Las clases empezaban a las tres y media de la tarde, ¡que ya me dirán! En Sevilla, en primavera, con calor, quince alumnos en una clase y Don Mario.

Este profesor era algo peculiar, fumaba en pipa. Después de mi abuelo, era la primera persona que conocía que fumase en pipa. En las clases tenían prohibido fumar, pero él nos decía: como somos pocos, ¿os importa si cerramos la puerta y me preparo una pipa? ¡como le íbamos a decir que no, si era el que nos examinaba! Él, procedía a cerrar la puerta y a preparar su pipa. Nunca espero respuesta de nosotros. 
Seguramente yo hubiese sido una de los pocos que le hubiese dicho que no, así que cuando él preguntaba esto yo seguía pasando mi bolígrafo a lo largo del cuaderno, viendo como se hacían unas especies de olitas cuando el boli pasaba por entre los muelles del bloc, de arriba hacia abajo.

Cuando Don Mario decidía fumar una pipa, ya sabíamos que había repaso de “constantes” y “números raros”. Su frase favorita, era: el próximo miércoles “examen sorpresa”. Nunca supe porqué lo decía, para mí ya no era “sorpresa”. Si es “sorpresa” y lo suspendes, piensas : ¡claro era a traición!, pero si te lo avisaban te indicaba que tenías que estudiar “de lo lindo”, para que el suspenso no fuese una sorpresa para ti.

Con la palabra “examen sorpresa” venia lo siguiente: los rezagados que se pongan delante.

Los rezagados eran los de la segunda fila. Solo éramos dos filas. Así que hacíamos una especie de coro dejando un pasillo en medio, para que Don Mario pudiese pasar dando caminatas hasta el final de la gran clase, mientras fumaba su pipa.

Empezaba con el conocidísimo nº “pi” π = 3,14151692… hasta dieciséis mil decimales decía que tenia, durante una época temí que un día quisiera enumerárnoslos todos. Más tarde me enteré por un casual de la vida que puede llegar hasta infinitos decimales.

Siempre empezaba con  π pero si era el más conocido de todos para nosotros, ¿porque siempre empezaba con ese?, después venía el número de Euler decía que era uno de los números reales más importantes, también llamada constante de Naiper quien introdujo el concepto de logaritmo en el cálculo matemático y que además poseía dos formulaciones una para matemáticas y otra para física.

Yo, ya por aquí me iba perdiendo, entre el calor, el olor a tabaco de pipa que lo recuerdo en mi cerebro aun, la puerta cerrada y la voz de mi compañero, diciéndome: ¡entérate y después me lo explicas bien! Me entraba un sueño insoportable, no era sueño era sopor.

Siempre pensé que en realidad estas clases a Don Mario les daba igual, creo que lo que el quería era poner a prueba nuestra resistencia mental. Ponía su voz mas monótona y como una cancioncilla iba diciendo: numero “pi” 3,14151692…

Numero de Euler 2,71828…

Numero de Avogadro que aunque se usaba más en química también nos daba la información… por si acaso 6,022045 x 10 elevado a 23.

Ahí ya era mi final y le decía a mi compañero, creo que estos apuntes los vamos a tener que pedir yo no me entero de nada, a lo que me contestaba: ¡tu copia!, ¡copia todo lo que diga y después lo repasamos!

Cuando en mi cabeza  los números, las constantes y el sueño hacían mella, dejaba de pensar en todo eso y me decía: ¿hay que ver lo interesante que es Don Mario?, no lo pensaba por su interés físico, que para mí a los 16 años no lo tenía, lo decía por el cerebro que debía tener ese hombre, ¿como un ser por el simple hecho de llamarse humano, podía retener tantos numeritos y con decimales incluidos?

Entonces dejaba de copiar y comentaba a mi compañero : ¡ya no copio más, ahora te toca a ti! Y dejaba que mi mano siguiera haciendo olitas con el boli en la página siguiente, mientras me imaginaba un reloj de péndulo dejando pasar sus segundos muy lentamente… ¡tic!, ¡tac!, ¡tic!, ¡tac!...

Entonces era cuando me ponía a estudiar a Don Mario, alto, rubio, con ojos azules. Dicho así puede parecer que era guapo, pero no, Don Mario no era guapo. 

Tres características no definen la belleza en sí, la belleza es un conjunto de cualidades que muy pocas veces tiene relación con el aspecto físico.

Si es cierto que era alto y con pequeños ojos azules siempre detrás de unas gafas oscuras. Creo que fui la primera de los quince, en descubrir que tenía los ojos azules. Quizá porque nadie se atrevía a mirarlo a los ojos, por temor a que le hiciese una pregunta de algún tema de los que él decía teníamos que “saber al dedillo”. Pero yo no le temía, sentía que detrás de toda esa sabiduría había una persona y era una gran persona. Solo había que ver, la forma con la que miraba su reloj de reojo y con gran sutileza para ver si quedaba mucho tiempo de clase. Seguro que para él, era tan tedioso como para nosotros.

Cuando empezaba, con la constante de Boltzman, Faraday, metiendo también a Planck, la ley del desplazamiento de Wien, etc…
Los errores absolutos y relativos se mezclaban en mi cabeza y dejaba de pensar, miraba a mi compañero de la izquierda y al de la derecha y veía que no era la única.

Siempre nos hablaba de usted, pero cuando en medio de una explicación decía, dirigiéndose a alguien : ¿usted lo entiende?, todos mirábamos a ese “usted” rogando por Dios que dijese que ¡sí!, si no era vuelta a empezar. Nunca dijo nadie que “no”.

Muchas veces en las clases de mi primer curso de medicina me acordaba de él, en clases de Estadística Medica. Cuando no entendía algo, me preguntaba: ¿cómo explicaría esto Don Mario?, no me solucionaba nada porque seguía sin entenderlo, pero me acordaba de él.

Después de mayor lo he vuelto a ver muchas veces y sí, se confirmaron mis sospechas, era una gran persona. 

Recordando una vez esas clases me dijo: eran las clases más aburridas del mundo, pero quería que comprendieseis que las matemáticas es un idioma, los números, las estadísticas, las constantes nos rigen.

Ese idioma nunca me ha servido para hablar con alguien, pero era su manera de pensar y lo respeté siempre.

Él ya no está aquí, hace algún tiempo que se fue.

A mi tanta cantidad de datos no me han servido para mucho. Las constantes y las estadísticas no son personas. El día a día es otra cosa.

Creo que su misión, más que darnos clases de matemáticas o física era darnos clases de “paciencia” y eso si que lo consiguió.




lunes, 15 de abril de 2013

¡¡ QUÉ POCO DURA UNA ILUSIÓN !!



Creo que desde siempre, desde que tengo memoria he creído en los Reyes Magos. Hasta un día fatídico en el que descubrí algo. Esto al contrario de lo que se pueda pensar no ha supuesto para mi ningún trauma infantil. Lo único que hizo fue que descubrí, que tanta fantasía no podía existir ni durar en un mundo de humanos por mucho tiempo.

Al principio cuando tendría… no sé qué edad, creo que creía. 

Creía...sí y  firmemente durante esos años, de los que yo recuerde.

Lo típico de mis padres era llevarnos a ver los Reyes y la Cabalgata de nuestra ciudad, como todos los padres.
Siempre pensé que les hacía más ilusión a mis padres que a mi hermano y a mí. Me jaleaban para ver si así aumentaban mi ilusión, pero no era así. Ellos decían: estos no son los de verdad, los de verdad vienen de noche, cuando los niños están dormidos en sus camas, por eso hay que acostarse antes para que cuando lleguen estén dormidos, si los ven los niños no dejan regalos.

Eso a mí me daba miedo, pánico, no podía dormir pensando que uno de los tres Desconocidos de la Ilusión, subiría por el balcón hasta mi habitación y que por arte de magia, podría entrar en mi dormitorio sin darme yo siquiera cuenta y ¿por qué tenían que dejarme regalos unos desconocidos?. Esa noche especialmente miraba los ventanales varias veces, no quería que entrasen. ¿por qué no dejaban lo que tenían que traer en la puerta de la casa? Como los de paquetería o mensajería.

No solo miraba el balcón de mi dormitorio, sino las ventanas de toda de toda la casa…
Las vacaciones estaban divididas entre mis dos abuelas, una parte con una y otra parte con otra, pero reuniéndonos siempre toda la familia, de forma que nosotros, mi hermano y yo veíamos a mis padres casi a diario.

A mí personalmente me gustaba más estar en casa de mi abuela Clara, se estaba bien, me gustaba estar allí y además estaba mi abuelo que era de mi debilidad. En cambio, mi  hermano cinco años mayor que yo, prefería estar en casa de mi otra abuela porque habían primos de su edad y se divertía más. Mientras él estaba con los primos, yo como era la menor de todos, tocaban largos paseos con mis abuelos.

Así que como cualquier cosa dividida, un año tocaba la primera etapa en casa de mi abuela Rosa y al año siguiente en casa de mi abuela Clara.

Pasando el día 2 de Enero, ya íbamos a mi casa de manera que los dos abuelos habían disfrutado de los nietos y volvíamos al nido familiar de donde yo no tenía sensación de haber salido, porque veía todos los días a mis padres.

Recuerdo que en una de esas vueltas, mi madre insistió mucho en que no tocásemos unos altillos que había en una sala de juego, que además de sala de juego, era despacho de mi padre, cuarto de los estudios e incluso residencia de una vieja máquina de coser que tenía mi madre y que siempre  había oído que llegó de casa de mi abuela Clara, quien a su vez la trajo de la casa de su madre.

Era tan antigua que siendo yo pequeña, cuando pasaba por su lado, siempre la tocaba y me daba pena de ella solo en pensar la de años que debía tener.

Un tres de enero y también ante la insistencia de mi hermano de que yo no tocase ese armario y más concretamente ese altillo. Conseguí quedarme a solas en esa habitación.

Me aseguré antes de que mi padre no estaba, mi madre estaba en el patio con las plantas y mi hermano, bueno mi hermano no sé donde estaría seguramente estudiando como siempre en su dormitorio.

Hay que partir de la premisa, de que yo no quería hacer lo que hice, pero la curiosidad me pudo y me pudo de tal forma como no recuerdo que me haya vuelto a ocurrir nunca.

Empuje con muchísimo trabajo la mesa que mi padre utilizaba y puse encima una silla. Lo que venía después era muy fácil, bastaba subir a la mesa , de ahí a la silla y el altillo aquel quedaría justo delante de mis ojos y por supuesto dejaría de tener secretos para mí.

Así lo hice, lo abrí y había paquetes, ¿qué es esto? Fue lo primero que me pregunté. Levanté un poco el envoltorio de uno de ellos y vi que era un juguete…¡juguete! ...¿juguetes?...¿juguetes que los Reyes de la Ilusión eran los que me los tenían que traer?

Mi asombro fue tal, que comencé a sacarlos todos… todos, ya no los quería, ya no me gustaban. Los fui depositando encima de la mesa, algunos los dejaba caer para que llegasen al suelo, estaba indignada, me sentía engañada, todo era un ¡fraude!, ¡no existían!, pero me preguntaba: ¿por qué mis padres me habían engañado, tan vilmente?, lloraba a medida que seguía sacando paquetitos muy bien envueltos y con nombres puestos. Hasta leí el nombre de mi hermano en uno de ellos, los tiraba todos al suelo. Yo no quería nada de aquella mentira para mí.

Mi hermano que debió oír ruidos, acudió a la habitación, lo primero que hizo fue decirme muy delicadamente que me bajase de la silla, a lo que yo le decía una y otra vez llorando: ¡no!, ¡no me bajo de aquí hasta que papá no llegue y me diga que es esto!, él que tiene un gran poder de convicción, no lo utilizo conmigo y me dijo: ¿o te bajas de la silla o llamo a mamá?, me baje. No por miedo, sino porque no quería hablar de eso con mi madre. 
Era un tema que quería que me lo explicase mi padre. Mi madre se limitaría a abrazarme para que no llorase más y no iba a saciar todas esas preguntas que se hacían como una pelota negra cada vez más grande en mi cabeza.
 
Bajé de la silla y de la mesa. Subió mi hermano a la mesa e hizo que le fuese entregando paquete a paquete hasta que todo estuvo recogido.

Se puso todo en su sitio como si no hubiese ocurrido nada. Pero cuando fui a salir de la habitación me dijo : ¡Clara, ven!, me cogió por los hombros, diciéndome: de esto ni una palabra a ¡nadie!, ¡me oyes! ,me lo repitió alzándome bastante más la voz y deletreándomelo como a cámara lenta, ¡a  n a d i e!

Lo miré con los ojos aun más llenos de lagrimas y solo le dije ¡TRAIDOR! Tu también lo sabías. No supo que contestarme, pero sé que con la palabra “TRAIDOR” le había hecho el daño que yo pretendía hacerle.

Cuando llegó mi padre, no fui corriendo a darle un beso como todos los días, quería que él solo notase que me pasaba algo. Se dio cuenta en el momento en el que entro. Lo siguiente a su entrada eran mis carreras por las escaleras para darle un beso. Esa tarde me quedé en mi habitación, con mi indignación y mi pena.

Que no existiesen los Reyes Magos me daba lo mismo. Eran personas a las que nunca había conocido. Pero que mis padres me engañasen de esa forma era algo que creí que nunca en la vida les podría perdonar y esto se agravaba con la “traición” de mi hermano. Mi hermano que era mi referente en muchas cosas me había “traicionado” era increíble…mi hermano.

Subió mi padre a mi habitación y como mi “referente” me dijo que no se lo dijese a ¡nadie! Pues callé.

Cuando mi padre me pregunto dándome un beso: ¿qué te pasa Clara?, quise tener la misma sangre fría que ellos habían tenido mintiéndome, pero como soy de naturaleza impulsiva, me gustan las cosa claras y soy bastante lanzada para el dialogo, se lo conté todo. Iba notando, aunque él lo intentaba disimulas, que su cara cambiaba a cada reproche mío.

Creí que me iba a dar una explicación, para convencerme de que si existían pero no hizo eso. A una niña de pocos años le preguntó: ¿ y tú qué piensas?, esa niña que era yo, se quedo muda en ese momento, no sabía que decirle, noté su preocupación por mi descubrimiento y solo se me ocurrió decir: ¿si me habéis dicho que los reyes existe y no es así, como voy a poder creer otras cosa que me contéis? 

Empecé a llorar y me abrace a él, solo me decía ¡ay Clara!, ¡ay Clara!, hija es por la ilusión que os hace a todos los niños, cuando vienen los Reyes Magos. ¡a mí, no!, ¡a mí, no! Respondía llorando.

Papá, le dije: a mí los reyes magos, me dan miedo, no quiero que entren en casa mientras dormimos, nos los conocemos de nada y no quiero nada de ellos.

Mi padre se echo a reír y seguí preguntando: ¿por eso nos teníamos que acostar antes?, ¡si para poder poner los regalos! Le hice muchas, muchas preguntas pero la que más interés tenía en saber, era esta : ¿mi hermano lo sabía?, ¡sí!, él es mayor que tú lo sabe desde hace algún tiempo.

No salía de mi asombro, ¡mi hermano me había engañado!... ¡mi hermano!... ¡a mí! Y mi madre ¡encubridora de toda la trama! Aunque parezca una tontería  me sentí, estafada, engañada, desilusionada, timada y no sé cuantas cosas más.

Él me pregunto: ¿mamá lo sabe? - ¡no!

Mira si te parece bien hacemos una cosa. Aquí no ha pasado nada, el día de los reyes vamos a verlos y cuando volvamos lo hablamos con mamá, ¿qué te parece? A mí me parecía mal, muy mal, yo quería que el mudo entero se enterase de la infamia mentira de la yo había sido objeto. Pero la forma con la que mi padre me lo pidió, mirándome a los ojos, no tuve más remedio que decir, que sí.

Fuimos a ver los Reyes, mi padre siempre me cogía en brazos, pero durante todo el tiempo en mi mente solo bailaban los reproches que le iba hacer a mi madre.

Miraba a mi madre desde la altura de los brazos de mi padre y sentía como se divertía y me cogía la mano diciéndome ¡mira el rey negro! ¡llámalo!  ¡llámalo! A lo que yo decía: ¡Baltasar!, ¡Baltasar!, me sentía tonta sabía que ese hombre no miraba porque no se llamaba Baltasar.

Al llegar a mi casa me dijo mi padre, hablamos ahora con mamá. Vi a mi madre con mi hermano contando los caramelos que nos habían tirado los supuestos Reyes Magos.
Miré a mi padre y le dije: no, papá, déjalo. Pero prométeme que nunca más me vais a engañar.
Me lo prometió y estoy segura que siempre cumplió su promesa.

Sabía que mi madre lo tuvo que saber todo desde el principio, no tenían secretos.

Solo le pedí una cosa y aceptó. Quería que el próximo año me regalara un pianito electrónico, pero que no me lo trajesen los reyes, quería disfrutarlo desde el primer día de vacaciones. Se rió fuerte como él lo hacía.

El siguiente año cuando me dieron las vacaciones de Navidad, me estaban esperado mis padres en la puerta del colegio con un paquete.

Desde entonces supe que ya no me engañarían más.
 

Este relato es para las personas que me leen y viven en:
Palo Alto (California) en el Condado de Santa Clara.

sábado, 13 de abril de 2013

EL PARQUE DE LOS PERDIGONES



Muchas tardes, ahora en primavera  me relaja dar largas caminatas. Bueno como todo el año.
Todo, todo el año me gusta dar largas caminatas, muy largas. Me gusta caminar hasta sentir que solo puedo pensar en dar más pasos.

Suelo tomar una larga avenida, creo que excesivamente larga, porque cuando alguien me acompaña, siempre me dice: ¿nos volvemos? - ¡No! - respondo. Ahora continuamos por la “Avenida de la Palmera”, hasta el final. Protestan, pero nunca se vuelven.

El olor a azahar de esta época, todo lleno de arboles, la luz y la conversación que procuro que siempre sea amena, para hacerle a quien decida acompañarme la caminata más agradable, hace que nunca se hayan vuelto.
Pero también hace que la próxima vez que me ven ponerme unos deportes, me pregunten: ¿vas muy lejos?, siempre digo- ¡hasta el final!
 
Esto que a otras personas podría llegar a agobiar, a mí me relaja, me gusta y lo disfruto.
De vuelta a mi casa, hay un parque y siempre me siento un rato a descansar o entro en él para dar un par de vueltas más.

Cuando mis piernas me piden por favor que pare y escojo un banco para sentarme, siempre elijo alguno donde haya sentado una persona mayor, bastante mayor que yo. De la edad que a mí me gustaría poder llegar a tener algún día.

Las personas mayores suelen sentarse en los bancos solos, nunca o casi nunca comparten bancos en los parques, es muy raro. No sé por qué lo hacen. Eso nunca lo he preguntado.

Me gusta hablar con ellos. Te cuentan cosas vividas que tienen para ellos y que por alguna rara cualidad o defecto que deben ver en mí, deciden que soy yo la que debe poseer esa experiencia de sus vidas.
El procedimiento es fácil: te sientas y te quedas mirando a la nada, solo hay que estar quieto y callado, ellos son los que comienzan a hablar. Si te dicen: ¡parece que ya hace calor!, ¡ya está aquí el verano! o ¿tienes hora? … o cualquier otra cosa tonta que no admite ningún tipo de dialogo, ya te está indicando que quieren hablar de algo, de lo que sea o que simplemente necesitan hablar.

Si contestas -¡Sí! o ¡No! La comunicación se corta. Hay que decir: “parece que este año va hacer mas… o menos calor” o ¡no! “no tengo hora, pero calculo que por la luz deben ser… tal hora”. Hay comienza la comunicación.

Empiezan a hablarte de que el clima  ha cambiado… que cuando ellos eran jóvenes las estaciones se notaban mas…que aun hay mucha luz para la hora que es, etc.
Una cosa lleva a la otra y acaban contándome episodios de sus vidas, que yo agradezco. Realmente me interesan sus vidas, me gusta saber de las vidas de las personas, pienso que tienen tantas experiencias que transmitir y tan poca gente que las quieran oír, que siento que soy una privilegiada. Nunca he sabido por qué, pero me siento bien hablando con ellos y creo que ellos también conmigo.

Más que una conversación es un monólogo, ellos hablan y yo me quedo callada pero muy atenta, mirándolos a los ojos, no quiero que dejen de hablar, de vez en cuando intervengo, pero lo mínimo. Son ellos los que me dan el conocimiento a mí, son los que saben de la vida.
De todo lo que me cuentan, me siento como una pobre aprendiz y con muy poca idea de lo que puede llegar a ser una vida entera y larga.

Cuando acaban de pasarme ese conocimiento de sus vidas, entonces solo entonces me pregunta algo de mí: “de donde vengo… si estoy cansada… a que me dedico...” Ahí es cuando sé, que ellos mismos son los que han decidido dar por terminada la conversación. Les respondo a lo que me preguntan y dicen: “con lo bien que estoy aquí y ya me tengo que ir”, esto viene siempre con una pregunta que casi nunca falla: ¿vienes a menudo por aquí?, ¿mañana vienes? - ¡Sí, si tengo tiempo seguro que vengo! Me dicen su nombre yo les digo el mío y casi siempre salimos del parque juntos.

Así he hecho verdaderos y entrañables amigos, pero amigos de los de verdad, de los del alma, de esos en los que notas como sus ojos se alegran cuando te ven venir, se elevan sus mejillas porque te sonríen  y te están dando un abrazo antes de llegar porque lo sientes.

El alma debe tener tanta capacidad como infinitos universos. Debe ser por eso por lo que podemos guardar en ella tantos sentimientos y sensaciones.

Cuando voy por la calle con alguien y los veo y nos saludamos, me suele preguntar la persona con la que voy: ¿quién es?, orgullosa, digo: un amigo o una amiga, según.

No siempre tengo tiempo para esas caminatas. Pero a veces estoy en mi casa y pienso que alguno de ellos puede estar esperando, voy solo al parque para estar un rato. Nunca digo que estaba en mi casa, siempre digo que vengo de otro lado, no quiero que piensen que puede ser algo especial que hago por ellos, cuando en realidad es algo que ellos hacen por mí.

Con el tiempo he conseguido que poco a poco se vayan conociendo unos y otros.
Me gusta pensar que cuando yo no puedo ir, están reunidos y que hablan, que intercambian ideas.
Hace poco llegué y vi que había tres de ellos hablando en un banco de ese parque, no llegué hasta donde estaban, me volví. Sabía que lo que estaban hablando, en ese momento era lo más interesante del mundo. Sentí que yo allí no pintaba nada.

Me fui a mi casa alegre, con la seguridad de que dentro de unos días alguno me lo contaría todo o me lo contarían los tres, uno a uno a medida que me los fuese encontrando.
Algunos cuando hablan conmigo, como tenemos ya confianza llegan a cogerme la mano y si es una confidencia que le cuesta contar o algo de su pasado que les dolió mucho, en el temblor, en el tono de su voz y la fuerza que noto que hacen con su mano sobre la mía, sé que todo lo que me dicen es verdad y llego a sentir su alivio al contarlo.

Son lecciones de vida que no se dan en ningún sitio, no son asignaturas que se puedan estudiar, pero que son muy fáciles conseguirlas.

Solo sentarse, callar y oír con el corazón.




viernes, 12 de abril de 2013

"CRAC"...Y MIRÉ



No sé cuantas personas estarán de acuerdo conmigo, pero los deportes de equipos no son especialmente de mi agrado. Me gustan los individuales donde tú, si la cosa no sale bien, no tengas que imaginar que fue por ese o por aquel saque, pase, o tirada que no llegó a tu compañero.

Creo que eso va también con el sentido de la “individualidad” que tenga cada uno, otros lo llaman “no compañerismo”, “no saber trabajar en equipo” y alguno espero que los menos, dirán: “egoísmo”. A mí los deportes me gustan con el esfuerzo de una sola persona.

Todos los deportes que imaginéis donde el esfuerzo no es compartido me gustan.

Comencé a pensar esto en mi autobús, en el trayecto corto de todos los días pero que aun siendo corto, a mí me dan para pensar tanto.

Yo no sé jugar al futbol, empezando por ahí. En la playa unos amigos plantearon un “partidito amistoso”.
Lo dije desde primera hora: “ conmigo no contad”. Cuando he jugado con ellos siempre he acabado con un moratón, una torcedura o una patada no intencionada, claro, pero que duele lo mismo y llena de arena hasta el cuello pero esto no me desagrada. 

Yo solo sería animadora de los dos bandos y espectadora.
Iban a ser cinco chicas y cinco  chicos, éramos en total doce, yo que no quería jugar y un compañero que estaba con un brazo roto, que sería el árbitro en la distancia. Total tenían su equipo.

Hasta ahí, todo bien. Sería el próximo viernes.
Después de varios baños, se decidió que como en la playa no había casi nadie, era imposible molestar, así que empezaron a señalar los limites de aquel campo imaginario con los correspondientes montoncitos de arena y algunas piedras como porterías.

Noté que uno del equipo de los hombres no había ido y pensé que llegaría más tarde, pero no, dijo que al final no había podido. Sustituyó a un compañero de trabajo que por motivos personales no podía hacer su turno.

De forma que el equipo quedaría formado por cinco chicas y cuatro chicos mi amigo el del trauma y yo de espectadora-animadora.

Pero la cosa se complicó, comenzaron a decir, que así no se podía jugar que sobraba una de las chicas y resulta que todas estaban entusiasmadas en ese partido. Yo callada, veía las controversias que se estaban formando y miraba a mi amigo el del brazo. En esa mirada intercambiamos ideas, pero le contesté en voz alta – diciéndole – “conmigo que no cuenten”.

Pero contaron: ¡es amistoso!…¡no te preocupes!…¡verás que divertido!
A todo decía que “no”, que no jugaba con ellos. La última vez, tuve una torcedura de tobillo y que no jugaba.

Me convencieron… quise ponerme en el equipo de las chicas y no sé quien dijo: quédate con nosotros y te protegeremos de las patadas, ellas las dan muy fuerte. Lo creí, porque en el equipo masculino, había dos hombres fuertes de mi familia y pensé que ellos me protegerían como si fuese una  “princesita”. Me quedé con ellos.

Empezó el partido y en la primera pelota que me tiraron a los pies, después de diez minutos dando carreritas de un lado para otro y diciendo:  ¡a mí!, ¡a mí! Una de mis amigas me la quiso quitar y como jugábamos descalzos, oí un “CRAC” …sentí un dolor insoportable. Miré mi pie derecho y vi el dedo pequeño totalmente desafiando la ley de la uniformidad con los demás, doblado hacia la derecha más extrema. Mientras me caían lagrimones, sin que yo quisiera, advertí como formaba ese dedo un ángulo recto con el resto del pie.

Mi primer pensamiento fue: ¡lo sabía! ¡me tocó!

Volví a mirarlo sintiendo miedo de tocarlo, me dolía y yo sabía que ese dedo no se puede escayolar.
Era 19 de Agosto, cuatro días pasado el “ecuador” de mis vacaciones y un dedo roto. Todos mis planes echados por tierra. Había una excursión  a los tres días que no me quería perder. La esperaba desde primavera, lo tenía todo preparado. Me hacía mucha ilusión, no conocía ese sitio y estaba visto que ese verano de hace tres años tampoco lo iba a conocer.

Pedí unas zapatillas de las que se ajustan, puse mi dedo en su posición normal y con mucho dolor la ajuste al máximo. Sabía lo que había que hacer, pero necesitaba unas radiografías, tenía que saber que tramo del dedo estaba mal.

Oía a mi alrededor: ¡te duele mucho!, ¡perdón ha sido sin querer!, ¡apóyate en mi¡,¡ no te muevas, te ayudamos! uno de mis amigos perteneciente al gremio sanitario dijo riéndose a carcajadas : ¡un médico!, ¡un traumatólogo, pero de los buenos! 
A los demás no les contesté, pero a él sí y creo que es mejor que me reserve lo que le dije, hay frases y palabras que mejor están en el fondo de mi memoria.

Rápidamente , trajeron un coche, había que buscar un sitio donde hacer las radiografías, en eso si fueron diligentes.
Con el diagnóstico en la mano, vi que solo era el tramo menos complicado, pero en la clínica se empeñaron en no dejarme salir de allí, sin la cura necesaria.
La única forma de que este dedo vuelva a soldar es uniéndolo al dedo de al lado por medio de un vendaje, esperar el tiempo necesario y ya está.

Pero el resto de las vacaciones te lo fastidia un dedo tan chico.

Las indicaciones que me dieron, son las mismas que yo habría dado: Reposo absoluto, nada de movimiento, pie elevado por encima del corazón (es decir acostada), nada de playa, ir si el vendaje estaba fuerte, ir si el vendaje estaba flojo, no tocar el vendaje, no mojar, no andar, ni nada de nada y lo que más me dolió no fue el dedo en sí, era saber que no podría bañarme en el mar, más ese mes.

Me llevaron de vuelta a mi casa y me paré a comprar unos analgésicos, los que me habían dado en la clínica, no pensaba tomármelos, eran demasiado fuertes, compré también un rollo grande de esparadrapo y listo… a casa.

Me decían: ¡ahora tranquila, ya está todo! ¡ya se sabe de que es! ¡esto con reposo se quita!

¡¡¡Reposo!!! Me repetía yo, ¡imposible!, aborrezco esa palabra. Son mis vacaciones quiero ¡¡¡actividad!!!
Sabía lo que tenía, ¿como no lo iba a saber?, era mi pie, era mi dedo y tenía el procedimiento para curarlo. De no haberlo sabido, el amable doctor que me atendió y que me preguntó el nombre tres veces, me lo había dejado bastante claro.

Cuando estuve sola, empecé a estudiar mi propio caso. Me quité aquel vendaje, uní mis dos dedos con esparadrapo por el sitio de la rotura, tomé un analgésico y a dormir un rato.
Cuando desperté, vi que no había inflamación, así que lo había hecho bastante bien. Me arreglé y con unas sandalias y salí a la calle.
Al día siguiente, enfundé esos dos dedos en una bolsa de plástico pequeña que me dieron al comprar unas pilas y me fui a la playa.
 
Hice la excursión que creí que no podría hacer. Claro el dedo estaba en todo momento bajo mi supervisión y a los cinco días decidí empezar a nadar, dolía un poco pero el placer del agua superaba ese dolor.

No volví a jugar más con ellos ni a las “palitas” en la playa. Veía sus partidos, éramos todos amigos y no me negué a seguir animando a los dos equipos.

Dentro de unos días hay un “derbi” en mi ciudad. Es una tradición para muchos de nosotros ir y reunirnos.

Aunque no entiendo mucho de futbol, siempre hay alguien que quiera que salga sabiendo un poco más de este deporte y me va explicando: cada pase, cada jugada, cada córner, penalti, saque de puerta, saque de banda, etc.
A veces me dicen: ¿has visto que jugada más bonita?, cuando a lo mejor estaba mirando a alguien indeterminado en la grada de enfrente – pensado- ¡qué colorido!, ¡voy a hacer fotos!

Digo - ¡Sí!, pero no es cierto, no sé si la jugada es bonita… porque no sé cuando es fea.

De todas formas iré, es una manera de estar con los míos. Lo importante no es el partido ni el resultado.

Creo que nos reunimos más por pasarlo bien y las “chiquicientas” fotos que nos hacemos, que por el “derbi” en sí.

Pero cuando llegue a mi casa, pensaré: ¡qué bien lo he pasado!