lunes, 15 de abril de 2013

¡¡ QUÉ POCO DURA UNA ILUSIÓN !!



Creo que desde siempre, desde que tengo memoria he creído en los Reyes Magos. Hasta un día fatídico en el que descubrí algo. Esto al contrario de lo que se pueda pensar no ha supuesto para mi ningún trauma infantil. Lo único que hizo fue que descubrí, que tanta fantasía no podía existir ni durar en un mundo de humanos por mucho tiempo.

Al principio cuando tendría… no sé qué edad, creo que creía. 

Creía...sí y  firmemente durante esos años, de los que yo recuerde.

Lo típico de mis padres era llevarnos a ver los Reyes y la Cabalgata de nuestra ciudad, como todos los padres.
Siempre pensé que les hacía más ilusión a mis padres que a mi hermano y a mí. Me jaleaban para ver si así aumentaban mi ilusión, pero no era así. Ellos decían: estos no son los de verdad, los de verdad vienen de noche, cuando los niños están dormidos en sus camas, por eso hay que acostarse antes para que cuando lleguen estén dormidos, si los ven los niños no dejan regalos.

Eso a mí me daba miedo, pánico, no podía dormir pensando que uno de los tres Desconocidos de la Ilusión, subiría por el balcón hasta mi habitación y que por arte de magia, podría entrar en mi dormitorio sin darme yo siquiera cuenta y ¿por qué tenían que dejarme regalos unos desconocidos?. Esa noche especialmente miraba los ventanales varias veces, no quería que entrasen. ¿por qué no dejaban lo que tenían que traer en la puerta de la casa? Como los de paquetería o mensajería.

No solo miraba el balcón de mi dormitorio, sino las ventanas de toda de toda la casa…
Las vacaciones estaban divididas entre mis dos abuelas, una parte con una y otra parte con otra, pero reuniéndonos siempre toda la familia, de forma que nosotros, mi hermano y yo veíamos a mis padres casi a diario.

A mí personalmente me gustaba más estar en casa de mi abuela Clara, se estaba bien, me gustaba estar allí y además estaba mi abuelo que era de mi debilidad. En cambio, mi  hermano cinco años mayor que yo, prefería estar en casa de mi otra abuela porque habían primos de su edad y se divertía más. Mientras él estaba con los primos, yo como era la menor de todos, tocaban largos paseos con mis abuelos.

Así que como cualquier cosa dividida, un año tocaba la primera etapa en casa de mi abuela Rosa y al año siguiente en casa de mi abuela Clara.

Pasando el día 2 de Enero, ya íbamos a mi casa de manera que los dos abuelos habían disfrutado de los nietos y volvíamos al nido familiar de donde yo no tenía sensación de haber salido, porque veía todos los días a mis padres.

Recuerdo que en una de esas vueltas, mi madre insistió mucho en que no tocásemos unos altillos que había en una sala de juego, que además de sala de juego, era despacho de mi padre, cuarto de los estudios e incluso residencia de una vieja máquina de coser que tenía mi madre y que siempre  había oído que llegó de casa de mi abuela Clara, quien a su vez la trajo de la casa de su madre.

Era tan antigua que siendo yo pequeña, cuando pasaba por su lado, siempre la tocaba y me daba pena de ella solo en pensar la de años que debía tener.

Un tres de enero y también ante la insistencia de mi hermano de que yo no tocase ese armario y más concretamente ese altillo. Conseguí quedarme a solas en esa habitación.

Me aseguré antes de que mi padre no estaba, mi madre estaba en el patio con las plantas y mi hermano, bueno mi hermano no sé donde estaría seguramente estudiando como siempre en su dormitorio.

Hay que partir de la premisa, de que yo no quería hacer lo que hice, pero la curiosidad me pudo y me pudo de tal forma como no recuerdo que me haya vuelto a ocurrir nunca.

Empuje con muchísimo trabajo la mesa que mi padre utilizaba y puse encima una silla. Lo que venía después era muy fácil, bastaba subir a la mesa , de ahí a la silla y el altillo aquel quedaría justo delante de mis ojos y por supuesto dejaría de tener secretos para mí.

Así lo hice, lo abrí y había paquetes, ¿qué es esto? Fue lo primero que me pregunté. Levanté un poco el envoltorio de uno de ellos y vi que era un juguete…¡juguete! ...¿juguetes?...¿juguetes que los Reyes de la Ilusión eran los que me los tenían que traer?

Mi asombro fue tal, que comencé a sacarlos todos… todos, ya no los quería, ya no me gustaban. Los fui depositando encima de la mesa, algunos los dejaba caer para que llegasen al suelo, estaba indignada, me sentía engañada, todo era un ¡fraude!, ¡no existían!, pero me preguntaba: ¿por qué mis padres me habían engañado, tan vilmente?, lloraba a medida que seguía sacando paquetitos muy bien envueltos y con nombres puestos. Hasta leí el nombre de mi hermano en uno de ellos, los tiraba todos al suelo. Yo no quería nada de aquella mentira para mí.

Mi hermano que debió oír ruidos, acudió a la habitación, lo primero que hizo fue decirme muy delicadamente que me bajase de la silla, a lo que yo le decía una y otra vez llorando: ¡no!, ¡no me bajo de aquí hasta que papá no llegue y me diga que es esto!, él que tiene un gran poder de convicción, no lo utilizo conmigo y me dijo: ¿o te bajas de la silla o llamo a mamá?, me baje. No por miedo, sino porque no quería hablar de eso con mi madre. 
Era un tema que quería que me lo explicase mi padre. Mi madre se limitaría a abrazarme para que no llorase más y no iba a saciar todas esas preguntas que se hacían como una pelota negra cada vez más grande en mi cabeza.
 
Bajé de la silla y de la mesa. Subió mi hermano a la mesa e hizo que le fuese entregando paquete a paquete hasta que todo estuvo recogido.

Se puso todo en su sitio como si no hubiese ocurrido nada. Pero cuando fui a salir de la habitación me dijo : ¡Clara, ven!, me cogió por los hombros, diciéndome: de esto ni una palabra a ¡nadie!, ¡me oyes! ,me lo repitió alzándome bastante más la voz y deletreándomelo como a cámara lenta, ¡a  n a d i e!

Lo miré con los ojos aun más llenos de lagrimas y solo le dije ¡TRAIDOR! Tu también lo sabías. No supo que contestarme, pero sé que con la palabra “TRAIDOR” le había hecho el daño que yo pretendía hacerle.

Cuando llegó mi padre, no fui corriendo a darle un beso como todos los días, quería que él solo notase que me pasaba algo. Se dio cuenta en el momento en el que entro. Lo siguiente a su entrada eran mis carreras por las escaleras para darle un beso. Esa tarde me quedé en mi habitación, con mi indignación y mi pena.

Que no existiesen los Reyes Magos me daba lo mismo. Eran personas a las que nunca había conocido. Pero que mis padres me engañasen de esa forma era algo que creí que nunca en la vida les podría perdonar y esto se agravaba con la “traición” de mi hermano. Mi hermano que era mi referente en muchas cosas me había “traicionado” era increíble…mi hermano.

Subió mi padre a mi habitación y como mi “referente” me dijo que no se lo dijese a ¡nadie! Pues callé.

Cuando mi padre me pregunto dándome un beso: ¿qué te pasa Clara?, quise tener la misma sangre fría que ellos habían tenido mintiéndome, pero como soy de naturaleza impulsiva, me gustan las cosa claras y soy bastante lanzada para el dialogo, se lo conté todo. Iba notando, aunque él lo intentaba disimulas, que su cara cambiaba a cada reproche mío.

Creí que me iba a dar una explicación, para convencerme de que si existían pero no hizo eso. A una niña de pocos años le preguntó: ¿ y tú qué piensas?, esa niña que era yo, se quedo muda en ese momento, no sabía que decirle, noté su preocupación por mi descubrimiento y solo se me ocurrió decir: ¿si me habéis dicho que los reyes existe y no es así, como voy a poder creer otras cosa que me contéis? 

Empecé a llorar y me abrace a él, solo me decía ¡ay Clara!, ¡ay Clara!, hija es por la ilusión que os hace a todos los niños, cuando vienen los Reyes Magos. ¡a mí, no!, ¡a mí, no! Respondía llorando.

Papá, le dije: a mí los reyes magos, me dan miedo, no quiero que entren en casa mientras dormimos, nos los conocemos de nada y no quiero nada de ellos.

Mi padre se echo a reír y seguí preguntando: ¿por eso nos teníamos que acostar antes?, ¡si para poder poner los regalos! Le hice muchas, muchas preguntas pero la que más interés tenía en saber, era esta : ¿mi hermano lo sabía?, ¡sí!, él es mayor que tú lo sabe desde hace algún tiempo.

No salía de mi asombro, ¡mi hermano me había engañado!... ¡mi hermano!... ¡a mí! Y mi madre ¡encubridora de toda la trama! Aunque parezca una tontería  me sentí, estafada, engañada, desilusionada, timada y no sé cuantas cosas más.

Él me pregunto: ¿mamá lo sabe? - ¡no!

Mira si te parece bien hacemos una cosa. Aquí no ha pasado nada, el día de los reyes vamos a verlos y cuando volvamos lo hablamos con mamá, ¿qué te parece? A mí me parecía mal, muy mal, yo quería que el mudo entero se enterase de la infamia mentira de la yo había sido objeto. Pero la forma con la que mi padre me lo pidió, mirándome a los ojos, no tuve más remedio que decir, que sí.

Fuimos a ver los Reyes, mi padre siempre me cogía en brazos, pero durante todo el tiempo en mi mente solo bailaban los reproches que le iba hacer a mi madre.

Miraba a mi madre desde la altura de los brazos de mi padre y sentía como se divertía y me cogía la mano diciéndome ¡mira el rey negro! ¡llámalo!  ¡llámalo! A lo que yo decía: ¡Baltasar!, ¡Baltasar!, me sentía tonta sabía que ese hombre no miraba porque no se llamaba Baltasar.

Al llegar a mi casa me dijo mi padre, hablamos ahora con mamá. Vi a mi madre con mi hermano contando los caramelos que nos habían tirado los supuestos Reyes Magos.
Miré a mi padre y le dije: no, papá, déjalo. Pero prométeme que nunca más me vais a engañar.
Me lo prometió y estoy segura que siempre cumplió su promesa.

Sabía que mi madre lo tuvo que saber todo desde el principio, no tenían secretos.

Solo le pedí una cosa y aceptó. Quería que el próximo año me regalara un pianito electrónico, pero que no me lo trajesen los reyes, quería disfrutarlo desde el primer día de vacaciones. Se rió fuerte como él lo hacía.

El siguiente año cuando me dieron las vacaciones de Navidad, me estaban esperado mis padres en la puerta del colegio con un paquete.

Desde entonces supe que ya no me engañarían más.
 

Este relato es para las personas que me leen y viven en:
Palo Alto (California) en el Condado de Santa Clara.

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