Querida vecina Carmen:
Me encanta que sea tan buena vecina y
que se preocupe tanto por mi vida y por la de los míos. Pero permítame hacerle
algunas reseñas.
Cuando salgo a las 7,00 de la mañana
usted siempre está limpiando su patio, cosa que me parece elogiable, comparado
con el mío que está lleno de hojas de helechos, pero que a mí me gusta así,
para que mi perro se sienta en libertad porque parece una selva y a mi me hace
sentir mejor, dándole un poco de esa libertad que se robó cuando decidió ser
adoptado por nosotros. Pero por favor, no me tenga todos los días 10 minutos
hablándome de lo buenas que son sus sobrinas y de lo mucho que la quieren. No
me las venda, no compro sobrinas ajenas porque tengo una propia y me basta,
además mi hijo tiene novia, cosa que usted naturalmente no sabe, porque para
usted los asuntos de mi familia y los míos
propios son –top secret-. También le diré que salgo y entro a la hora
que me da la gana, he luchado mucho por mi independencia y la de los míos y no
la voy a perder por usted.
Además ,cuando me pregunta que cocino
que huele tan bien, añadiría que la mitad de los días no sé qué se va a comer
en mi casa, porque hay una señora que se encarga de todas esas tareas para las
que yo no sirvo y son tan difíciles para mi,
a la cuál quiero como si fuera la
hermana que no tengo y en la que si confío plenamente.
También me atrevo a comentarle que
cuando estoy en mi azotea y usted por “casualidad” llega a la suya y me ve
mirando al cielo, no estoy esperando hacer un estudio comparativo de las nubes,
de las cuales solo sé que son o blancas, grises o negras sin saber que
significan cada cual. Miro al cielo para relajarme, pensar (yo pienso), buscar y encontrarle un parecido inmenso con
el mar.
Como comprenderá esto no se lo puedo
decir directamente, porque subiría muchos puestos en su lista de vecinos raros, y creo que ya
estoy suficientemente alta.
Al mismo tiempo, estaría dispuesta a
renunciar a su bizcocho bisemanal si usted fuese capaz de devolverme mi palabra
de amistad.
Sabe que me tiene para lo que desee Dña.
Carmen, que la llevo al hospital a horas inesperadas, siempre porque no
desea molestar a sus encantadoras sobrinas
que tanto la quieren. Pero por favor Carmen déjeme vivir a mi manera. A veces
creo que la voy a ver aparecer en la intimidad de mi dormitorio.
Señora Carmen ahora se supone que le
tendría que pedir disculpas y decir que siento lo que he escrito, pero no es
así.
Un saludo, Clara.
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