Hace ya casi
un año deje de utilizar mi coche, problemas de aparcamiento, tenía que dejarlo
en el aparcamiento subterráneo de mi trabajo y después andar un buen trayecto
hasta llegar a un ascensor. Cosa que no me agradaba sobre todo cuando era de
noche. Así que con la determinación que me caracteriza, me dije un día: ¡ hasta
aquí hemos llegado!.
Hecha esta aclaración,
comprenderéis por lo que tomo todos los días,
mi transporte público.
Cuando salga
a las tres, comeré algo ligero , me iré a unos grandes almacenes y compraré la
lavadora. Me decía a mi misma durante el trayecto.
En mi casa
la lavadora se había puesto en huelga y dijo que ya no trabajaba más.
Desde ese instante,
y a lo largo de apenas tres horas, fueron
apareciendo lavados urgentes: vaqueros, camisas, ropa, ropa y más ropa.

Ejemplo:
Pones un lavado con “X” calcetines, pues después salen “X-1” ó “X-2” ecuación simple de primer grado, ¿como ocurre? Ni idea, pienso que según el apetito que la lavadora tuviese ese día.
Por eso en mi casa como en muchas , creo, habrá una bolsa con los calcetines que se han ido quedando huérfanos y no hay forma de emparejarlos con otros y que cuando estás harta de verlos al final los tiras, pero siempre pensando, ¿qué habrá sido del compañero?
Salí del
trabajo, comí y fui a por la lavadora ideal.
Lo único que
llevaba claro es que tenía que ser simple
de funcionamiento y con gran capacidad, ¡ah! Y blanca.
Las miraba
una y otra vez. Me cansé y me fui al departamento de libros que es lo que me
gusta. Rápidamente y sin titubear tome uno
“La hacedora de lentes” autor:
Titus Müller, lo compré y volví a las lavadoras algo más animada por mi
nueva adquisición.
Otro
recorrido por ellas y me dije - esta misma, seguro que lava.
Una vez
instalada en mi casa, cosa que haciendo honor a la verdad, fue bastante rápido.
Me dispuse a estudiar el libro de instrucciones, muchos gráficos, muchos
dibujitos de lavadoras y tornillitos y todos los idiomas del mundo.
Cada vez que
creía que tenía claro el funcionamiento de un programa de lavado, ponía en el
librito, según modelo. Después de hacer varios recorridos hasta el lavadero,
decidí con el librito en las manos, sentarme en un taburete alto delante de la
lavadora, por un momento pensé que sería mejor preguntárselo a ella misma. 
Descubrí dos programas, que no ponían según modelo y desde entonces son los que uso.
Así pasé la mayor parte de un viernes por la
tarde. Cuando fueron llegando los miembros de la familia, los invité a todos a
que vieran la nueva adquisición y uno a uno me fue haciendo la misma pregunta
¿funciona? ¡yo que sé! Me decía para mí. Mañana sábado que no tengo nada
importante que hacer me sentaré frente a ella y lo descubriré con su ayuda.
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