viernes, 16 de junio de 2017

PARA GUSTOS LOS COLORES

Se dirigía a las escaleras del túnel, cuando una pareja alemana enseñándole un billete de transporte, preguntó si era la vía correcta. Sí, respondió al tiempo que sonreía. Al cabo de unos minutos, volvieron a preguntar por una parada determinada, era su parada, y para tranquilizarlos dijo que  los avisaría que se bajaba en la misma.

Ni por un momento pudo suponer, que se iban a pegar como dos lapas. Los iba avisar, aunque se hubiesen sentado dos lugares más alejados. Ellos la miraban y sonreían, eso le gustaba. Le agradaba que las gentes se sintiesen alegres y esa pareja lo estaba y lo demostraba.

Que eran turistas se notaba y comprendió el desconcierto de los dos.
Se habrían alejado del grupo o tendrían el día sin excursiones programadas y debían haber decidido investigar por otros lados de la ciudad. Era buena idea. Es lo que hacía cuando viajaba. No le gustaban los viajes con excursiones programadas, le gustaba ir a su aire, pero para eso hay que saber que zonas de una ciudad hay que evitar. Todas las ciudades tienen sus zonas conflictivas y es bueno saber cuáles son, más que nada por precaución, una vez informados de estas, si queremos conocerlas es decisión nuestra.

 Reconoció en ellos, el mismo desconcierto que  había sentido las primeras veces que tomó el metro en París. No se permitía el lujo de pensar en nada más que en la parada en la que debía bajar. Las distancias entre paradas eran demasiado largas para confundirse. Iba leyendo los trayectos en los paneles que estaban situados por encima de las ventanillas y que se encendían en la parada que hacía en ese momento. Pero ese panel indicador solo se hallaba  en dos ventanillas por vagón, así que, se las tenía que ingeniar para situarse cerca de una de esas ventanas y a veces era realmente complicado. También había probado el “método contar- paradas”, pero se distraía con una mosca y a la segunda vez de pasarse de destino, eligió el “método lector- paradas”.

 Cuando tomaba el metro siempre pensaba en las hormigas entrando en un enorme hormiguero.  Al llegar a la parada de los Campos Elíseos, respiraba con alivio y se apresuraba a salir, no quería pensar en se cerrasen las puertas y quedar atrapada para ir a un destino que no había elegido.

No le gustaban los metros ni los ascensores, pero era lo que había. Los ascensores los evitaba, pero el metro lo utilizaba sí o sí.

Tenía que dejar de soñar. Eso no era París, ni iba a los Campos Elíseos o a Montmatre, ni siquiera estaba en las escalinatas de la Basílica del Sagrado Corazón haciendo fotos. Estaba en un metro custodiada por una pareja de alemanes jóvenes y simpáticos que esperaban que se bajase para hacerlo ellos también.

Ambos seguirían sus rumbos  y nunca más se volveríamos a encontrar. Había sido un punto en común de los de siempre, de esos del universo, uno más de los muchos que tiene y hace que coincidamos con personas que nunca volveremos a ver, pero que por un instante y en un momento determinado esas vidas, se han necesitado para un fin, para alguna experiencia, para cambiar en algo su y nuestra forma de ser, de pensar, de ver el mundo. En definitiva, para que ambas partes sigan evolucionando y completando el ciclo cósmico e infinito en el cual, las almas deben estar inmersas hasta alcanzar la deseada perfección.

Cuando estas personas o nosotros mismos cumplimos ese cometido, desaparecen y desaparecemos de sus vidas, dejando una marca en el alma, un suspiro en el corazón y una sonrisa en los labios.

Sería curioso cuestionarse si al nacer tenemos un número determinado de personas a las que conocer, que todo esté programado por “algo” y que al ir conociendo a todas aquellas personas que deben estar en nuestro destino, nuestro tiempo se vaya acortando. Es un pensamiento angustioso y absurdo, pero como planteo hipotético sirve.
Todas esas personas conocidas fortuitamente tienen en cierta forma el poder de cambiar en algo nuestro destino. Por ejemplo, influí en sus vidas ayudándolos a llegar a su destino sino, hubiesen perdido el metro. Ellos influyeron en la mía, porque en el lugar en el que me senté para que estuviesen cerca, tenía justamente enfrente al hombre más peculiar que había encontrado en mucho tiempo.
No sé su nombre y nunca lo sabré, aunque puedo pensar que es el de la pulsera. Quizás también haberlo visto haya sido otra coincidencia y por más que tome ese metro día tras día, no volvamos a coincidir y pienso esto por la lógica aplastante de que antes nunca lo había visto.

Menudo, delgado. Charlatán. De cabello negro, tan negro como lo más profundo del abismo más profundo y oscuro, en una noche cerrada. Piernas cruzadas. Pantalón con estampados étnicos, excesivamente estrechos con bolsillos de parches. 

Me fijé en el estampado del pantalón, porque ese tipo de dibujos no son nada de mi agrado y porque era imposible no fijarse. De hecho, compré en cierta ocasión una camisa que me gustaba bastante y el estampado era formando cuadraditos de diversos motivos y colores pasteles, al cabo de unos meses vi que tenía como un cuadradito de unos dos centímetros en un costado que representaba algo parecido a las motitas de un leopardo, lince, gato montés o vaya usted a saber que animal étnico era. Seguí buscando y ese dibujito se repetía y nunca me había fijado. Nunca más me la puse. 

El pantalón de fondo amarillo oscuro y beige, era con dibujos simulando la piel de leopardo. Voz fuerte y potente, que no iba en consonancia con la figura delicada y menuda que poseía. Camisa marrón claro, mangas remangadas hasta cerca del codo, dejando ver varias pulseras color oro y un tatuaje, por más que lo intentaba no conseguía saber que era, tenía un dibujo y unas letras. 
Me hubiese gustado poder agarrarle el brazo y leerlo. El simple hecho de ese ridículo pensamiento hizo que me pusiese roja y dirigí la mirada al suelo del vagón deteniendo la vista en mis pies y pensé, ¡que horribles son las sandalias que llevo! 

Piel bronceada. El peinado se resumía a una raya en medio de la cabeza que dejaba aparecer algo menos de un centímetro de cabellos blancos y una melena rala que caía a ambos lados de la cara hasta llegar a los hombros. Ojos oscuros situados en unas cuencas pronunciadas, cejas negras muy pobladas. Pómulos elevados y cara algo alargada. Las orejas iban perforadas varias veces y en cada una llevaba una argolla. Recordaban a de los piratas que se las perforaban cada vez que pasaban por el Cabo de Buena Esperanza o por el de Hornos. Me quedé un momento mirándolo discretamente o al menos eso es lo que pretendía y pensé que su vida había debido pasar varias veces por ambos Cabos. 
Empecé a tomarle cariño, aún sin conocerlo. 

Llevaba, excesivas pulseras de oropeles, incluso una gruesa tipo “esclava” con una gran placa que ponía “Manolito”. Al cuello, una gorda cadena también dorada de la que pendía un medallón con la imagen de un Cristo. Me miró. No aparté la vista, mi mirada no le molestaba porque me sonrió y le correspondí de igual manera. Creo que los dos nos estábamos estudiando y a ninguno nos molestaba, algo debía tener yo o mi atuendo que le llamase la atención igual que él me la llamaba a mí.
Él, en conjunto, era como si me hubiese hipnotizado.

No sé cómo se llamaba el modelo de barba o perilla que lucía, era una tira como de un dedo y medio de ancha de pelos blancos, que iba desde el centro del labio inferior a la punta justa de la barbilla, nunca había visto una perilla así. Las patillas eran anchas, largas y canosas a modo de los antiguos bandoleros, lo que le daba el toque justo, desafiante y provocador de demonio terrenal. 
Zapatos marrones terminados en una punta increíblemente larga, calcetines claros. Correa blanca con perforaciones a modo de ojetes en dos filas paralelas a lo largo de toda ella. La camisa iba por dentro del estrecho pantalón. Poseía ademanes propios y estereotipados de un artista de la farándula.

De buena gana me hubiese puesto en el asiento libre que había a su lado, pero estaban los alemanes sentados junto a mí y no lo creí correcto. No podía escapar. No podía decirles que la vida de Manolito debía ser muy interesante y que de esa vida seguramente yo tendría muchas cosas que aprender.

Podría haber pasado horas hablando con él.

Definitivamente ese hombre para mí, era un artista en la forma de expresarse y en sus manifestaciones estéticas externas.

Manolito, hablaba en voz nada baja, manteniendo el interés de todos los que estábamos allí. Hablaba de una gala benéfica….”voy sólo por ayudar, eso no me aporta nada económico”….decía. Irán mis hijos y mis nietos y quiero que me vean actuar y cantar, dentro de unos diez años tendré que dejar esto definitivamente, porque ¿qué edad cree usted que tengo? Le dijo a la mujer que estaba sentada enfrente y a la que debía conocer, aunque fuese de vista.

En sus mejores tiempos habría sido cantaor flamenco y tocaba la guitarra, eso no lo dijo pero los dedos y las uñas de la mano derecha de los guitarristas, son distintos a las de la izquierda. En la derecha, las uñas son más gruesas, más curvas, más deformadas y sobre todo la del pulgar es característica. Y los dedos de la mano izquierda son con terminaciones chatas o en forma de martillo, característicos de la presión constante en las cuerdas. Por supuesto dependiendo que el guitarrista sea diestro, en el caso de ser zurdo, es al contrario.
                                             …………………..

 En una conversación con personas a las que no conozco mucho, hay dos tipos de preguntas que me asustan, las que empiezan por “¿A qué no sabe….?”, y “ ¿ Qué edad me echa? "

 Respecto a la primera. Sé seguro, que no voy a saber lo que me van a preguntar o contar, básicamente por no ser una persona muy conocida por mí, y en el hipotético caso que lo supiera o supiese iba a decir de igual modo que no lo sabía, no iba a quitar a mi interlocutor el disfrute de narrarme una batallita, con todo tipo de detalles y matices.
En cuanto a la segunda. Soy muy mala para echar edades, lo mismo subo diez años que los bajo. No, no quiero que me pongan en esa tesitura. Me fijo en aspectos muchos más importantes de las personas que en su edad.

Mi cerebro dejo de hacer ruido, de pensar y de divagar, él esperaba tan impaciente la respuesta como yo.  Pues tengo setenta y tres años, ¿a que no los aparento? La mujer dijo, ¡no!, ¡que disparate!, ¿cómo los va aparentar?, ¡y el carácter jovial que tiene! Pensé, menos mal que la mujer no ha respondido, yo le hubiese echado mucha más edad, no porque yo supiese si los aparentaba o no, sino por mi desconocimiento de las profundidades de las arrugas en el cutis.

Creo que estas preguntas las hacen para responderlas los propios interesados y esperar que los demás digan, ¡no me digas!, ¿de verdad?, ¡jamás lo hubiese acertado!, no los representas para nada. Pero Manolito para mí, si los representaba, e incluso, le hubiese echado un puñadito más.

Él seguía hablando de tiempos pasados, de galas, de amoríos…en fin, amenizó el viaje a los seis o siete que estábamos cerca.

Los alemanes se miraban y se reían y me desagradó mucho la idea de que lo estuviesen haciendo de Manolito. ¿Qué derecho tenían ellos a reírse de él? ¿Se habían mirado a un espejo y habían visto su piel roja quemada a sol de fuego lento español, los calcetines de espumilla, sus chancletas corrientes, esos pantalones cortos, las camisetas sudadas, y esas enormes mochilas con las que iban molestando? Prefería diez Manolitos que a dos pares como ellos.

Les dije sin sonreír, “vuestra parada es la próxima”. Me puse de pie y me fui a otro vagón. Ellos se quedaron mirándome, seguro que habían entendido el porqué de mi comportamiento. Ya no me parecían simpáticos. Llegó mi parada y bajé. Por el rabillo del ojo vi que ellos también lo hacían por otra puerta.
Intenté ver a Manolito, pero el brillo de los cristales en el túnel no me dejó. Miré la hora. Era más temprano que de costumbre, estaba decidida volverlo a ver.

Seguro que el destino al presentarnos, no nos iba a dejar a ninguno de los dos con ganas de hablar. Y si el propio destino así lo había decidido, ya no era hora de luchar contra él, una discreta resignación era tan válida como un corto diálogo.