sábado, 30 de noviembre de 2013

CONSUMO Y MÁS CONSUMO





Cada vez me gusta menos guardar cosas, quiero espacios vacios, mis monstruos nocturnos no tendrían donde esconderse para que yo no los vea, cuando me despierto a media noche.

He llegado a la conclusión de que no necesitamos  muchas cosas, de todas formas, me parece que me llevo todo el día con un uniforme. He llegado a tratar mi ropa de calle como un uniforme y a colocarla en las perchas con lo que calzan. Por ejemplo: vestido, falda o pantalón con camiseta o camisa que le vaya bien al color y chaqueta o cazadora a juego. Eso me parece ahora tal tontería, que es donde noto mi evolución en ese aspecto. Cierto es, que es más cómodo, no te hace pensar. Solo si tu aspecto no es lo que encuentras más importante en ti. Pero esa época de mi vida acabó hace mucho tiempo. A veces suceden cosas, que sin importar la edad que tengas hacen sentir que siempre hay algo más importante que el resto de los usos y costumbres de la sociedad donde estamos inmersos.
Ahora abro el armario y tomo una falda o pantalón, una camisa o lo que sea y otro lo que sea y lista, la vida está llena de momentos interesantes para perderla con frivolidades.

Lo verdaderamente interesante nunca es visible, lo que está tan dentro de nosotros que muy pocas personas lo pueden ver y a esas seguro que la ropa les importa lo mismo que a mí.

Es como hacer una maleta. Las nuevas compañías, a las que yo llamo “baratas”, que son las que yo utilizo, cada vez admiten un equipaje menor para no facturar y que pueda ir en la cabina. Veo personas que ponen su maleta en el medidor y la empujan a presión, la mía sale y entra muy holgada. Pero vamos a ver, si con dos faldas, unos vaqueros, camisetas y cuatro cosas más de las precisas, vamos a todas partes, hay que contar la ropa que llevamos puesta. He visto en los aeropuertos ponerse unos pantalones encima de otros dos para pasar el equipaje sin facturar
.
Se trata de viajar, conocer sitios, personas, lugares que no has visto y de patearlo todo. ¿Para qué quiero un vestido de fiesta?, si ni me gustan, ni pienso ir a ninguna. Unos buenos zapatos de trote y ropa cómoda y como los zapatos es lo que ocupa mas lugar en la maleta y los llevo puestos, pues no hay problema.
Cuando voy a ir a algún sitio y me preguntan ¿has hecho ya la maleta?  Digo en cinco minutos la tengo preparada, no se lo creen y sí, es lo que tardo. Lo importante es : pasaporte, carnet, billete de avión y por supuesto dinero.
¡Ay! El dinero, siempre tiene que estar en medio de todo, pero es “poderoso caballero” como dice uno de los versos de D. Francisco de Quevedo.
Pero hasta sentirnos libre vale dinero, lo que en realidad hace que no seamos tan libres como pensamos.

El deseo de libertad, siempre se paga con algún tipo de moneda…
Pensamos: ¡Si yo fuera libre…Si yo fuera libre! Y no nos damos cuenta que la verdadera libertad solo existe en el pensamiento, este no exige ningún diezmo, puedes volar por todo el universo y solo tú saber adonde has ido.

Aunque parezca extraño e inverosímil, he conocido a personas que han cambiado su color de cabello porque no iba con un determinado color de abrigo o de ropa para una ocasión especial. Sin darse cuenta que lo especial es ser, como es uno y no como los demás nos quieran ver.

Esto no quiere decir que sea un desastre vistiendo, soy mujer y tengo mi punto de coquetería y me gusta ir bien arreglada, cuando hay que ir bien. Pero mi día a día, no es estar en un escaparate.
¿Adónde no se puede ir con un chándal, unos deportes o una falda y una camiseta. La cara lavada y una coleta...un día que no sea especial?, yo puedo ir a cualquier parte. Que hace sol –gafas de sol- que hace más sol –por la sombrita. Que llueve – paraguas.

Pasa lo mismo con los complementos, joyas, joyas y más joyas, ¡pero si a mí lo que me gustan son las piedras de cuarzo y las pulseras tontas!, ¡si yo no soy un árbol de navidad para ir brillando y deslumbrando por ahí!, no necesito que admiren las joyas que llevo.
No me gustan esas piedras de nombres caros y eternos. Se lo que hay detrás de esas extracciones en las minas. La pobreza y el dolor con que se sacan de las entrañas de la tierra, para que señoras y caballeros puedan lucirlas delante de sus “amigos” y vean su poder adquisitivo.

En algunas reuniones he observado que la conversación entre las personas que conozco, cuando esta va decayendo, por la hora o el hastío, las mujeres se vuelcan en hablar de joyas, comienzan así : ¡Que anillo o que pulsera más “mona” llevas!, la miro y pienso : “ Pues… a mi no me gusta” y sigue la conversación ¡sí! esta  la compre cuando estuve en París, en la rue Tréville, al lado del restaurante “le Gourmet”. 

En ese momento, mi imaginación se va de la conversación pensando : “Con lo bonita que debe ser la calle Tréville con sus casa y arbolitos parisinos, y por el nombre me imagino la calle con una plazoleta encantadora y sus banquitos y estar sentada al lado de alguien que te haga ver, que en la calle Tréville el mundo se puede parar, que a ti no te importa.

Y lo bien que se debe comer o simplemente tomar un café, en ese restaurante y entretenerse mirando una pulsera tan horrible, tan cara y engarzada con tantas piedras extraídas con dolor. Con piedrecitas llamadas “del amor eterno” que parecen cristalitos transparentes y que los hombres regalan a las mujeres jurando ese amor.

Como si el amor fuese algo material y se pudiese medir por los quilates de una piedra o por el brillo y el color del oro. No hay quilates para amar y el brillo que le demos depende del amor que sintamos.

En esto de las joyas, mis conocidas… que no amigas, son unas expertas. A veces llevo colgada una piedra simple con un cordón de cuero y quieren saber la historia, de donde la compré, esperando algo espectacular una historia increíble y rocambolesca. Cuando digo la verdad, que la compré en un mercadillo artesanal o que la han hecho para mí, se desilusionan y en realidad, para mi tiene más valor que todas sus joyas juntas, porque la hacen para mí, alguien que me quiere y se que va mucho amor en lo que llevo puesto.
Lo mismo ocurre con las pulseras. Me regalan pulseras que me hacen y eso tiene ya un valor muy importante. Esto nos dice, que la persona que nos la hace por un momento ha estado pensando en nosotros, en nuestros gustos, acordándose de nosotros y eso es más importante que la pulsera en sí y me las pongo y las disfruto ¡ah!, y como son de cuero con el agua mientras nado, no se estropean. No sé yo si el oro aguantaría ese ritmo, pero el cuarzo, el cristal o una simple piedra y una tira de cuero, si lo hacen.

Estamos inmerso en una sociedad que nos provoca e incita al consumo y debemos pensar que cada cosa que consumimos se la extraemos a la Tierra, a Nuestra Casa y que los recursos son limitados.

Teléfonos último modelo, que contienen “Coltán” llamado el mineral de la muerte, por los conflictos bélicos causados en su extracción. Estos teléfonos que tienen tantas opciones que hasta cuesta trabajo llamar, si tu teléfono tiene más de dos o tres años, ya te dicen que no sirve, porque los nuevos mandan  “whatsapp” y el tuyo no. 
Relojes de última generación con los que puedes bajar hasta cien metros de profundidad en el mar, como si fueses un batiscafo y eso ¿para qué sirve? Si a esa presión un ser humano deja de serlo para convertirse en éter mezclado con plancton.
Frigoríficos que casi te preguntan qué vas a tomar de él, para sacarlo solo.
Televisores tan planos como un papel y tan grandes como una sábana y donde siempre ponen las mismas tonterías, que además hacen daño a la vista, al oído y al cerebro.
Microondas extremos que hierven un vaso de agua en cinco segundos.
Punteros laser. Cuando en mi época de estudiante con el puntero de madera, después de indicar el profesor algo, del Sistema de la Tabla Periódica en Química, señalaba a alguno de nosotros a ver si habíamos estado atentos y te preguntaba otro peso atómico de un elemento, en otro extremo que casi se salía de la Tabla y si no lo recordabas, tenias que copiar la fila completa diez veces. 
Yo era una de los estudiantes a los que señalaba con su puntero más a menudo. Decía, que mi mirada se perdía al fondo y era cierto porque nunca lo he dicho, pero mientras este profesor explicaba yo miraba los pequeños botes con los elementos y me paraba en los de los gases, que eran unos simples botes cerrados con un tapón y por supuesto vacios, pero él nos quería hacer creer, que contenían ese gas y que si los destapábamos él lo notaría.

D.Manuel, entré una vez en el laboratorio sin su permiso con Pedro, mi compañero de sitio y destapamos todos los botecitos que usted decía que contenían los gases. Teníamos curiosidad ( yo más que él ) por ver, que ocurría si se mezclaban todos a la vez, usted nos lo ponía tan mal que pensábamos que íbamos a destruir el mundo cuando todos se mezclasen, en un espacio determinado y al mismo tiempo y ¡ya ve!, ¡aquí estamos!. Al día siguiente volvió a decir que no los tocásemos, que lo notaría. Yo no lo vi, porque miraba al libro pensando que realmente lo había notado y que sabía quien lo había hecho, pero Pedro me dijo que usted se quedo unos segundos mirándome.
Esa fue mi venganza por preguntarme siempre los gases.
Ahora se como se combinan y sí, pueden matar, pero también pueden curar.

Pues bien, él te señalaba con el puntero para que dijeses el peso o el número atómico de otro elemento que estaba en la otra punta de la tabla y que ni siquiera sabias que existía y si lo sabias pensabas que un elemento con un nombre tan raro, no debía tener mucha importancia, porque nunca oías a nadie hablar de él. Si lo hubiese hecho con un puntero laser estaríamos ahora muchos ciegos.

Robot que barren solos, con lo que me gustaba a mí, ayudar a barrer a mi abuela mientras ella cantaba.

Eso sí, todas estas nuevas tecnologías tiene sonido y lucecitas. Pitan por todo, comentan en tu facebook, un pitido del teléfono. Dejas la puerta del frigorífico mal cerrada o tardas más de lo que el frigorífico te lo permite, mientras escoges la manzana que tenga mejor color, otro pitido. 
Microondas. Lavadoras. Hornos. Cocinas. Todos tienen sus pitidos y sus luces. ¡Tienen vida propia!

No me imagino si todos estos aparatos pitasen a la vez en el planeta, qué podría ocurrir. ¿Se produciría una onda sonora de la misma frecuencia e intensidad y reventarían los oídos de todos los seres vivos? ¿Acabarían todos los cristales del planeta rotos?, como las grandes sopranos que son capaces de romper una copa, de las carísimas. ¿Cambiaría la tierra la velocidad de giro? ¿Se fundirían todos esos aparatos a la vez? ¿Nos exterminaríamos a nosotros mismos?, o simplemente ¿llegaría hasta Marte el sonido?
Eso es solo una parte de lo que llamamos progreso, pero yo no he debido progresar mucho, porque la mayoría de estas cosas me parecen una solemne tontería.

Hace unos días tuve una visita. Al abrir un saludo cordial y dije: ¡un momento subo a apagar el ordenador!, mientras subía – comento -  ¿Qué estas con el ordenador viejo? - ¡Viejo! Mi ordenador – vamos a ver ¿cuánto tiempo tiene? – cuatro años, dije a gritos desde arriba, convencida de que mi ordenador rojo no era viejo. Obsoleto, eso es una pieza de museo, una reliquia, insistió.
Bajando, fue cuando me di cuenta de su última moda en todo. Gafas último modelo, ropa de estreno de temporada y observé que llevaba un reloj de esos de cien metros de profundidad que era como un vaso de grande y un gran bolso cruzado de la conocida marca “frutos de la palmera”, desistí en decir nada de mi ordenador. Solo pregunté : ¿Quieres café casero?- ¿casero..qué es eso? - el que se hace en una cafetera, como toda la vida. Te lo puedes tomar tranquilamente, solo es café y agua y no afecta para nada al glamur de la persona.
Creo que no pilló la indirecta, porque dijo: ¡ah, vale!

La cosmética señora-caballero sería otro tema a tratar, tan exteso...que mi viejo ordenador se quedaría sin memoria.



domingo, 10 de noviembre de 2013

JAULA DORADA

Voy en mi medio de transporte… como todos los días, pero no dejo de pensar en un animal que me regalaron un viernes ya pasado por la tarde.

Tengo un tío, por parte de madre, que desde que decidió su jubilación anticipada se dedica a la cría de canarios de competición. No sé muy bien qué es esto, porque tampoco sé como un animal enjaulado puede competir, por lo que me cuenta (es su tema de conversación favorito)  hay tres tipos : de canto, de color y de postura. El hombre se afana mucho en explicarme cosas sobre los canarios, yo sonrío y asiento con la cabeza, como… la que lo entiende, pero en realidad no entiendo nada de lo que me dice, entre otras cosas porque me angustia verlos en las jaulas y en lugar de escucharlo lo miro y me pongo a pensar…

Cuando él era más joven, era tan distinto, jamás hubiese tenido a un animal en cautividad, era la libertad personalizada nunca quiso atarse a nadie decía que los compromisos, eran barrotes a la vida.
En algunos días de verano, era él quien nos bajaba a la playa, a dos primos míos y a mí. Jamás nos dijo no entréis tan hondo porque él se metía con nosotros y yo me sentía libre. Esto acabó, un día que mi padre llegó a la playa a recogerme y me vio con el agua por los hombros, fue él quien entró a por mí. Después estuvo hablando con mi tío, a partir de ahí ya no íbamos solos con él, o venían mis padres o mi abuelo.

Él, es una persona que nunca ha temido a nada y en su historia se cuentan varias detenciones por manifestaciones y lo que llaman “alboroto social incoherente”, demasiado implicado en algunos temas sociales, pero es una persona encantadora a la que quiero mucho. Pero eso de los pájaros de competición… no me gusta nada.

Hace dos viernes, me regaló un canario en una gran jaula dorada, que dejó en casa de mi madre para mí y ahí comenzó mi calvario por casi dos días. Dos días sufriendo por tener en mi casa a un animal en una jaula. Da igual si es dorada o de finos hilos de oro, una jaula… es una jaula.

Lo primero que le dijo : “que no se le ocurra dejarlo en libertad, moriría”.

La palabra “libertad” y “morir” se quedaron en mí, mucho después de oírlas, me parecían antónimos. Siempre asocio “libertad” con “vida” y “privación de libertad” con “muerte”.

De pequeños ¿quién no ha tenido un pollito vivo?, de los que venden en las puertas de los mercados de abastos. Mi tío debió recordar esa época mía y decidió lo de la jaula con el canario.

Cuando me regalaban un animalito de esos, decían : “no lo toques mucho, se morirá”. Pero yo lo tocaba cada vez que me acordaba de mi pequeño animal, solía transportarlo en una caja de zapatos, que llevaba a cuestas todo el santo día, hasta la noche y lo miraba una y otra vez y si por cualquier motivo tenía que separarme de él unas horas, lo dejaba a buen recaudo para que los gatos no lo encontraran y a mi vuelta me parecía verlo más grande, le pasaba el dedo suavemente por encima y me lo acercaba a la mejilla, el animal cerraba los ojos y a mí me parecía que le gustaba y además no se moría, creo que esto lo hemos hecho todos. Sabía que su muerte sería cuando tuviese la alzada suficiente y se le viese ya el nacimiento de la cresta. Entonces este animal desaparecía por arte de magia. Mi madre decía que se había ido con los de su especie, pero yo sabía que no era cierto, se lo daba a la vecina de mi abuela , que tenia gallinas.

Nunca llegué a decirlo, en mi interior estaba segura que mejor que conmigo, estaría con los suyos, donde debía estar, yo era una extraña.

Por el futuro de estos animales nunca me preocupé aun era demasiado joven. Estaba ocupada en crecer.

Siempre hemos tenido animales en mi casa, pero gozaban de una cierta libertad. Que yo recuerde hemos tenido : tortugas, dos galápagos, cuatro perros, tres gatos, peces de colores, varios patos y una infinidad de pollos, ¡ah! , y un loro, pero este fue más listo y decidió que la libertad era su familia. Hubo una época donde coincidieron muchos de ellos vivos, claro que, era la casa de mis padres y a ellos les gustaban más o casi tanto como a nosotros.

Había un pilón en el segundo patio, rodeado de helechos que era el hogar de los galápagos y las tortugas y mi madre no dejaba que los gatos se acercaran a él, bueno... ni los gatos ni yo, porque me pasaba el tiempo intentando mirarlos a los ojos fijamente y como escondían la cabeza dentro del caparazón, los tomaba en las manos y les decía a gritos  “ ¡sal, estoy aquí, te quiero ver, mi madre no está! ”, lo que ponía en alerta a mi madre y acudía rápidamente, yo más de una vez llegué a preguntarme ¿cómo sabrá mi madre que tengo a una de las tortugas en las manos?  Ella decía que los asustaba, que esos animales tenían que estar tranquilos, que por eso vivían tantos años.

Mis grandes amigos eran los perros y los gatos…que recuerdo tengo de ellos, como nos divertíamos y como los quería a todos.

Los peces duraban poco en mi casa, mis padres los llevaban a un parque y en una fuente muy grande que hay los echaban. Lloraba, pero me hacían comprender que era inhumano tenerlos en una pecera y que la finalidad de ellos cuando los compraban en el mercado de la  “Alfalfa” era que se pusiesen un poco más grandes y fuertes para darles libertad.

Muchos pensaban como ellos y pasados varios años, tuvieron que sacar carpas de aquella fuente-estanque y hacer un traspaso a otras fuentes.
Habías tantos peces que al hacer por segunda vez el traspaso, en la fuente pusieron un enorme cartel que ponía  “PROHIBIDO DEPOSITAR PECES, NECESITAN ESPACIO ”, pero ellos siguieron haciéndolo. Era como… algo prohibido y me gustaba ir con ellos. Íbamos un domingo por la mañana temprano y aprovechando que está cerca la  “Plaza de América” con infinidad de palomas, dábamos de comer a las palomas y de paso dejábamos las carpas que habían crecido en el estanque y un par de patos de mi hermano, que era a quien le gustaban los patos, en otro estanque de al lado.

Después de hacer esto y ya en mi casa, yo la sentía vacía, como si faltasen miembros de la familia y por la noche notaba en mí una gran pena, pensando si esos animales estarían bien en sus nuevos hogares.
Me parece que mis perros lo advertían, porque los dos mayores, no se separaban de mí. Era un gran perro negro, que nunca supimos de que raza era y que se llamaba “Duque” y una vieja mastín, cruzada con alguna otra raza, que le puso mi madre el nombre de “Jamila” porque decía que era preciosa. No eran perros de razas puras, nunca ha habido en mi casa nada de pura sangre, llegaban por accidente y se quedaban allí, pero para mí, eran lo más grande del mundo que yo podía tener y por aquella época pensaba que no se podía querer más, de lo que yo quería a esos dos animales.

Pues bien, el canario naranja de pluma rizada y pico blanco en jaula dorada, pasó casi dos días en mi casa.
Dos tortuosos días, en los que cada diez o quince minutos iba a mirarlo en su jaula y pensaba lo mismo una y otra vez : “ ¡pobre animal, parece que se aburre!”. Así que decidí el domingo por la mañana, tomar la jaula y ponerla en el asiento de atrás de mi viejo “Ibiza” blanco, le pasé el cinturón por encima y lo até, por eso de la seguridad. Me dirigí hacia su casa pensando durante todo el trayecto lo mal que se iba a tomar, que le devolviese el regalo que me había hecho con tanto cariño, pero no estaba dispuesta a tener un animal en una jaula por muy dorada que fuese, en mi casa.

Me sorprendió cuando al llamar al portero, dijo : “ ¡te abro, estoy arriba, sube a la azotea, te estaba esperando! “. ¿Me estaba esperando… a mí?, pero ¿si no había hablado con él? Subí hasta donde me dijo, allí es donde él tiene sus pájaros, los estaba arreglando y aun de espaldas sin saber lo que llevaba en la mano dijo: “ponla ahí encima, que no esté en una corriente de aire, cierra la puerta”. Ya tengo preparado el café. No me esperaba sus palabras y solo atiné a decir: “hola, buenos días”, se volvió y sin mirar la jaula se aproximó y me dio dos besos, apretándome muy fuerte los hombros. Solo – comentó : “te esperaba ayer” y se echó a reír a carcajadas, tan sonoras que algunos de esos animales de competición empezaron a trinar.
Me quedé mirándolo y me eché a reír también, no comprendía nada, pero me contagió la alegría que emanó de él en ese momento y me sentí bien, cómoda.

Sabía que no te quedarías con él -  comentó -  pero pensé que como hacía tanto tiempo que no venias a verme, era una buena forma de que lo hicieses, hace mucho tiempo que no charlamos.

“Eres un hombre sabio” – pensé.

Seguí riéndome, pero dentro de mí sentí cierto temor. ¿Tan transparente y obvia era yo, que podían saber los demás mis reacciones?, quise pensar que era solo una simple coincidencia.

Me echo su brazo por los hombros y nos dispusimos a baja a la cocina, pero antes se volvió hacia mí y mirándome a los ojos, dijo : “ No todo se reduce a la libertad”.

Esa frase viniendo de él, me hizo comprender, que se sentía solo.









lunes, 21 de octubre de 2013

DEDICATORIAS



Desde joven me ha gustado ir a las presentaciones de libros, siempre que he tenido oportunidad he acudido. Me gustan los libros dedicados, suelo adquirir dos ejemplares, si por referencias, sé que es un buen libro o al menos de los temas que me gustan. El dedicado que guardo y el no dedicado cuando lo leo, lo más seguro es que lo regale. No, no tengo todos los libros dos veces, solo los dedicados a los que puedo ir, cuando los firma el autor y cuando nadie me los pide.

Ahora con el tiempo me he dado cuenta que es una tontería, una firma en un libro no lo hace más interesante, el libro que no vale nada en el contexto, da igual que este dedicado o no, es igual de malo o mejor dicho, poco interesante para mí.

Tengo un familiar en Barcelona, que todos los años por San Jordi, se pone el hombre en colas interminables y me trae hasta mi ciudad un par de novedades firmadas por el autor, a mi nombre y con frases muy bonitas dirigidas a mí, pero que seguramente será como en todas las firmas de libros, el autor pregunta ¿qué quiere que le ponga? y mientras el lector dice algo, él casi sin levantar la cabeza lo escribe. Solo se levanta la cabeza cuando van cámaras de televisión o medios de comunicación para hacer la consabida foto del reportaje del autor, así se termina antes y se venden más libros, la duración de estos eventos si el escritor es famoso, es como mucho dos horas, tiempo parece ser, que para un cerebro creativo es excesivo.

Los mejores libros dedicados son aquellos en los que se puede leer el nombre del autor. Otros hacen una especie de garabato estipulado y si dices que es de tal autor, te pueden decir: “ ¿esa firma la has hecho tu?”, cuando en realidad te has llevado tres horas en una cola.
Cuando llevo un tiempo en la cola esperando a que me firmen un libro, me digo  : “si aun no lo he leído, que necesidad tengo yo de estar aquí”, la mayoría de las veces abandono la espera, pensando que si es bueno, ya tendré ocasión de verlo en una nueva firma y lo volvería a llevar.
De pequeña en edad, porque desde siempre recuerdo haber tenido la misma altura desde que tenía once años, iba con mi padre o mi madre. 

Mi padre tenía más aguante, pero mi madre a la media hora, ya estaba diciéndome : “que si quedaba mucho..si tenía mucho interés…que si el libro era bueno…que la fila no se movía “. Pero yo callaba estoicamente, no pronunciaba ni una sílaba, sabía que al decir, lo que fuese me iba a responder con una pregunta : “ ¿y si en vez de estar aquí…? ” y si mi madre dice : ¿y si…?, lo dice entonando una pregunta, vamos que oyes claramente la interrogación, pero en realidad es una afirmación  : “ y si…” o “vamos a…” Y yo, que se que nos parecemos en carácter, pues no hablaba, así que, mi madre aguantaba todo el tiempo que fuese preciso, cuando con mi silencio notaba la ilusión que tenía en que el autor pusiese mi nombre y una dedicatoria, que casi siempre es la misma : “ para… con cariño “ ó “ con cariño…para ” y su garabato de firma.

Otras veces cuando mis padres no podían por trabajo, me llevaba mi hermano, pero iba todo el camino protestando…¡todo el camino!, decía una y otra vez : ¡esto es una tontería!, ¡vaya pérdida de tiempo!, ¡hay mucha gentes!, ¡esto no se va a acabar nunca!, ¡tengo un partido de futbol con unos amigos dentro de dos horas!, ¡yo no debía estar aquí!, ¡son cosas de niñas chicas como tú!, ¡ tenía planes…! Este “tenía planes” siempre ha sido algo indefinido. En él es lo mismo que decir “voy a la fuerza y porque no me queda más remedio”, pero siempre puedo contar con él para todo lo que necesite igual que él conmigo.

¡Siempre, siempre! Me tenía que recordar que yo era menor que él, ¡siempre!, es algo que sabe que me da aun, coraje. ¿por qué me recuerda tan a menudo esa diferencia de edad?, ¡ por Dios!, pero si aun cuando me llama, dice ¡hola niña!, o ¿cómo estás niña?, para después soltar una carcajada. Lo que más temo es que me lo diga delante de las personas que me conocen en el trabajo y saben mi vida diaria, cosa que por otro lado no ha ocurrido, pero que estoy segura que acabará ocurriendo. Pues bien, mi hermano, hacía que toda la ilusión que llevaba se fuese disipando poco a poco y al final me daba igual que lo firmase el autor o un secretario suyo. Aguantaba allí por amor propio y por no darle el gusto de echarme atrás.

Cuando cumplí doce años, en un centro comercial de mi ciudad, fue a una firma de libros un autor malagueño del cual yo había leído algunos libros, ahora reconozco que quizá no fuesen adecuados a mi edad, pero como mis padres decían “todo lo escrito se puede leer” y en mi casa lo que no faltaban eran libros por todos lados, pues decidí leerlos. Porque me gustaba la forma de expresarse el autor y porque los temas despertaron en mi cierta curiosidad.

Dije en mi casa que quería ir a esa firma y mis padres se miraron, ¿has leído algo de él? - ¡sí ¡, todo lo que he encontrado en las estanterías de arriba, donde papá trabaja, buscaba a Julio Verne y di con él. Los de Julio Verne están todos en tu habitación, - ¡ miré a ver si había alguno arriba ¡ y di con estos. Y enseñé más de seis libros del autor, que mi madre se apresuró a quitármelos de las manos mientras miraba a mi padre.
Los has entendido, dijo mi padre  -  ¡claro que los he entendido, papá!, tengo doce años, ¿ piensas que soy tonta? –( realmente había cosas que no entendí, pero que investigué en otros libros de la biblioteca ). No me hubiera gustado que los cogieras sin preguntar. Pero yo tenía la respuesta pensada, porque sabía que en esos libros, habían temas que mis padres no querían aun que tocase su “pequeña niña” y dije :    “ ¡todos los libros se pueden leer!” y mi madre enfadada contestó : “ ¡ sí, los que tienes en tu habitación! “ Yo no sabía que la frase era solo para los de mi habitación – comenté. ¿hay que tener una edad determinada para leer lo que uno quiera?. Mi padre se enfadó conmigo y me mando a mi cuarto, diciendo  ¡ya hablaremos!

Así es que comprendí que con mi edad podía leer libros de ideas revolucionarías, que hablaban de libertades, de sociedad y del sentir de los pueblos oprimidos, pero que otros temas ni tocarlos.

Por lo tanto lo de la firma del autor, iba a ser… que no, de todas a todas.

Maquiné un plan. A la salida del colegio, iría con algunos compañeros de clase al centro comercial. Estaba próxima la Navidad y decoraban los exteriores con cosas espectaculares. Ellos se quedarían viendo las tonterías navideñas, yo entraría compraría un libro, el último por supuesto y me pondría en la cola, para la firma. Quería ese libro a toda costa firmado y pensaba conseguirlo. Soy tenaz y paciente y como imaginación no me falta, pues creí que estaba solucionado. Debo reconocer que la tenacidad y la paciencia en mí, con los años, se va haciendo más débil.

Mi padre hablo conmigo, sobre algunos temas de los libros que leí y yo le decía papá lo he comprendido todo. Creo que cuando le dije que no me parecían tan fuertes, se llegó a asustar, lo noté porque sin que se diese cuenta, lo vi abrir los ojos de forma exagerada mientras miraba hacia atrás, para llamar a mi madre. Cuando mi padre hablaba conmigo y llamaba a mi madre, era como si pidiese refuerzo, como si mi madre fuese “el Séptimo de Caballería” y pudiese reducir con sus palabras la decisión que yo hubiese tomado.

Esto no ocurría solo con once o doce años, fue la tónica general de ellos siempre. Aun de mayor cuando mi padre veía que no me podía convencer de hacer o no hacer algo, llamaba a mi madre. Su frase era : “ ven, mira lo que está diciendo la niña” y a lo mejor tenía  veinte o veintidós años. Pero para mi padre siempre era su niña, hasta su final, me decía: “ mi niña”. Cuando me llamaba por teléfono,decía,  “¿cómo está mi niña? “ Y aunque hubiese sido un día de los peores esa simple frase hacía que me sintiera bien. 

Pero no había manera de convencerme, yo también llevo los genes de mis abuelos  que eran los dos de “armas tomar” y eso en la familia, crea personas explosivas, rebeldes e inconformistas y mira por donde me tocaron a mí, la mayor parte de ellos.
Debo reconocer que no he sido una niña dócil, conformista ni sumisa. Siempre buscando “tres pies al gato” ( como decía mi abuela ) y soluciones a la sociedad, esto ha hecho que más de una vez, me haya visto en verdaderos apuros. Pero, ¡ mira, aquí estoy!, nadie me ha tenido que sacar nunca de ninguno, me he sabido valer por mi misma…de momento.

Viendo que era imposible conseguir la dichosa firma, dejé pasar una semana, aun quedaban dos más para que fuese el escritor a mi ciudad. Poco a poco fui diciendo en mi casa…”que mis amigos del cole iban a ir al centro comercial a ver los decorados de Navidad…otro día decía, lo mucho que me gustaría ir con ellos… que mis amigas se estaban poniendo muy pesadas en que fuese…” y así poco a poco, haciéndome la mártir. Hasta que fue mi propia madre la que me dijo : ¿ y por qué no vas con ellos?, ¡lo había conseguido!, ¡lo había conseguido!, ¡mi madre quería que fuese!. Pero no debía mostrar alegría y comencé a recular : “no sé qué haré...no me gustan…no me gusta la Navidad…hay demasiadas gentes”. Y fue mi padre ¡ todavía no lo puedo creer! El que dijo, ¡claro que sí, ve y verás lo bien que lo pasáis!, ¡bueno! contesté sin dar importancia, ¡ya veré lo que hago!

Mi hermano que estaba en la conversación, porque en mi casa parece que estábamos esperando a la hora de sentarnos a comer, que era cuando se hablaba de todo lo que parecía importante, me miró y con una sonrisa socarrona elevó su dedo pulgar, lo que yo interprete como un “like” o “conseguido, niña… te saliste con la tuya”.

¡Lo había conseguido!, ¡claro que iba a ir! Pero no a ver los adornos navideños que no me importaban los más mínimo, ni todo lo que envuelven a esas fiesta. Yo iba a ver a esa persona que era capaz de escribir esos libros y cuya mente para mí era un misterio. Pensaba que era el único autor de verdad que había leído, me parece que en esa etapa dejé mi infancia y el gran interés que tenia por la lectura se incremento. De este autor pase a otros, sobre temas muy distintos.

A los quince años había leído ya a muchos filósofos. Creo, que sería por lo de la crisis de identidad que todos los adolescentes se suponen deben pasar, yo no recuerdo haber tenido nunca una crisis de esas, los leía porque me interesaban. Así poco a poco, fui conociendo incógnitas de la vida y el pensamiento y a darme cuenta, que lo que yo pensaba solo para mí, ya lo habían pensado otras personas e incluso habían llegado a conclusiones que a mí no se me habían ocurrido, facilitándome de esta forma el camino del entendimiento y la comprensión de lo que es la vida en sí.

Mis padres decían que tenía demasiada prisa por vivir, yo me echaba a reír, pero en el fondo les daba la razón. Todo en mi vida ha ido de forma acelerada, siempre antes del tiempo que le tocaba, como si mis años fueran a ser pocos y tuviera que aprovecharlos al máximo, siempre he notado como la vida me ha ido dando pequeños empujones.
 
Pero la vida es un camino con una sola dirección, las cosas, los hechos que pasan, son zonas por las que debemos transitar, unas gustan más otras menos, unas son con sol y otras con sombras, pero el camino es recto y tiene un solo fin.

Lo aprendí de muy joven.

No es que me tome la vida a la ligera, es que la vida es ligera y corta en sí. Y yo desde siempre la aprovecho al máximo.

Íbamos a ir un quince de diciembre, a una semana de tomar las vacaciones de Navidad. Dije a mis compañeros que iría con ellos, pero sin decir mis verdaderos motivos. Tenía una amiga a la que mi madre le podía sacar en una delicada conversación, todo lo que quisiera y a veces cuando iba a mi casa, hablaba mucho con ella, la cuestión era simple, mi madre preguntaba y la niña lo contaba todo, con pelos y señales. Daba igual que yo la mirase con una ceja levantada o de reojo, lo contestaba todo y sin mentir lo más mínimo, por eso aunque era mi amiga procuraba mantener algunos secretos para mi, que por otra parte, para eso se llaman secretos, porque son “secretos”.

Cuando íbamos a ir algún sitio o llegábamos de alguna excursión, decía mi madre : “he hecho un bizcocho, llama a Irene para que se venga a merendar”. Esta frase me indicaba que la mente de mi madre se había puesto en marcha a muchas revoluciones por minutos, como un motor y que quería saber algo que yo naturalmente si me lo preguntaba no se lo iba a decir. No le mentía, solamente decía : “No lo recuerdo…No me di cuenta .. .No lo sé…No me fijé “ a lo que ella me respondía : “ no sabes nada de nada, parece que habéis estado en sitios distintos”, se daba cuenta, desde que yo era pequeña que siempre habría una parcela de mi vida que no la compartiría con nadie y así ha sido siempre.

Las personas que me quieren y comparten mi vida, saben que hay un trozo mío solo, quizá sea egoísmo pero creo que tengo derecho a esa parte de privacidad en mi vida. No es secreta. Es mía. Por eso me parece, que a veces dicen que es difícil vivir conmigo. He intentado cambiar cientos de veces, pero algo en mi interior se rebela y vuelvo a ser libre solo si tengo esa pequeña parcela, solo para mí.

Volviendo a la firma de mi autor. El día antes, estaba nerviosa. Preparé la ropa que me iba a poner por la noche, con la retahíla que me habían dado mis padres, quería parecer mayor. Seria fácil, la estatura la tenia, llevaría unos vaqueros un chaleco y una cazadora de imitación a cuero, marrón, que me regaló mi madre hacia dos años, decía que era del color de mi pelo y que a mí, no me gustaba nada, porque cuando me la ponía y me dejaba el pelo suelto, como todas las chicas de mi edad, por la espalda la melena y la cazadora eran un todo del mismo color.

A la salida del colegio, cada uno volvimos a casa a cambiarnos de ropa. Como siempre estábamos con los uniformes, el salir algunos juntos con ropa de calle, ya era una fiesta para ellos, a mi me daba igual, pero ese día era especial, iba a conocer a la “mente”.

Llegamos al centro comercial y miré por encima los adornos de tantas bombillitas y brillos por todos lados y dije : “ vuelvo en un momento”, me dirigí al stand de los libro y compré el último, el que quería tener firmado, me enteré de la hora de la firma, salí y le dije a Esteban mi idea y dijo ¡vale!. Esteban era un chico en el que yo podía confiar, era como un hermano para mi, aunque muchos años después me dijo que yo no era como una hermana. Pues bien un ¡vale ¡ de Esteban, encerraba todo un ¡no te preocupes, te cubro las espaldas, ve tranquila, ya se me ocurrirá que decirle a los demás, tu a lo tuyo, te esperaré aunque ellos se vayan…etc.”

Me puse en la fila era la cuarta, llegué bastante antes. En la cola me estiraba todo lo que podía para parecer aun más alta, además tomé unas botas de mi madre de unos cinco centímetros de tacón lo que hacía que superase el metro setenta, por la altura no había problema, pero la cara delataría mi edad. ¡Incrédula de mi!, pensaba que me iba a mirar. Llegó el autor, los consabidos aplausos y ya casi me iba a tocar, solo uno delante y Esteban mirando desde lejos con una sonrisa en los labios, porque se sentía cómplice de mi hazaña.
Y me tocó el turno… dije ¡hola! Y no me miró, volví a decir mi nombre y no me miró, se lo repetí, quería que la dedicatoria fuese personalizada como la hacen la mayoría de los autores, pero sin hablar puso: “ Con afecto”  y un garabato como firma, que no era ni la firma reconocida que tenía yo en una portada de uno de sus libros.

Sin levantar la vista de la mesa, me lo entregó y alargo la mano para tomar el siguiente. Me llevé tal decepción, que se me abrieron los ojos ante las “mentes espectaculares”, no podía creer que ese hombre autómata pudiese pensar las cosas que yo había leído en sus libros. ¡Con la ilusión que había ido a conocerlo! Y ni siquiera había visto el color de sus ojos.
Algunas amigas me esperaron y de vuelta a mi casa, me preguntaron que había hecho - ¡nada!- contesté, porque realmente no había hecho nada.

Deje de leer sus libros, al leerlos pensaba que era una persona humilde, amigable, pero me había confundido era prepotente con el ego más alto que su fama y lo que realmente le preocupaba era firmar cuantos más libros mejor.

Ahora algunas veces voy a presentaciones poco importantes o de algún escritor novel de barrio. Tienen tanta humildad y tanto corazón, que no les importa pararse un rato, preguntan para quien es el libro, te miran a la cara, te sonríen y te preguntan tu nombre.

Solo espero que estos genios de la pluma mantengan los pies en el suelo y que no olviden que posiblemente ellos estuvieron también con mi edad en una cola esperando a que su ídolo los mirase a la cara.
  
Hay que tener cuidado y no subirse en una nube, por regla general cuando la nube pesa mucho acaba lloviendo y ésta desaparece.

miércoles, 9 de octubre de 2013

EL CLUB DE LAS CABEZAS BLANCAS



Me dijo que me había conocido por casualidad. Yo no creo en las casualidades, pero lo acepté como tal.
Me parece que cada persona, cada cosa, cada experiencia en la vida, tiene una finalidad, que por supuesto yo no sé cuál es, pero los hilos del destino son de seda, finos y resistentes.

La verdad es que me conocía de todos los días cuando pasaba por su lado y daba los “buenos días, tardes o noches” o simplemente un ¡hola!, pero jamás oí un sonido salir de su boca o de las bocas, porque a veces, iba en compañía. Pero el tema de los “saludos mañaneros” cada uno lo lleva a su manera y yo lo llevo bastante bien. Da igual que lo contesten o no, para mí son “buenos días “y me siento feliz de que amanezca un día más. El sol, el agua, el viento, o lo que tenga ese día, se que en una pequeña proporción, la que me toque en el reparto de entre toda la humanidad, es mía, solo para mí y pienso disfrutarla. Al final… es lo que nos llevamos, disfrutar el momento, las cosas desagradables de la vida llegaran solas.

Vino a mí, por un problema médico que creí era importante. Era la amiga de una conocida, que más tarde deduje que había pertenecido al mismo club, pero que lo abandonó al encontrar pareja. La tenía que ver un oftalmólogo y le indiqué el procedimiento. Primero su médico de familia y este la remitiría a un especialista.

Una vez que obtuvo la cita con el especialista, me pidió otro favor, que la acompañase. Dijo que se sentiría sola y desorientada en el hospital, que nunca había ido a aquel lugar tan grande y con tantos pasillos, que le parecerían todos los pasillos iguales como un laberinto, me eché a reír diciendo:  “si me oriento yo, se orienta cualquiera”. Le comenté, que lo dijese en la entrada y le dirían a donde dirigirse sin pérdida alguna, pero volvió a insistir… y yo, que a veces, me paso de servicial, dije : ¡vale, voy contigo!
¡La cita es a las ocho! – bien allí estaré, en la entrada, te llevo y te dejo en la consulta. ¿No puedes entrar? – no tengo tiempo, solo el tiempo de decirte donde es e irme -¡por favor!. Un nuevo ¡vale!, salió de mi boca sin yo querer, porque pasó directamente del corazón a los labios sin detenerse en la cabeza y aun pensando que estaba abusando de mi amabilidad lo hice y estuve en la consulta.

La esperé en las escaleras y no venía sola, no, la acompañaba otra amiga. Esto me pareció extraño, si decía que no tenía con quien ir, ¿qué hacía una amiga allí?. Omití el detalle y entré con ellas. Era cierto, era grave y había que comenzar un tratamiento de choque rápidamente.
Al principio serian diez inyecciones en uno de sus ojos y después según mejoría y criterio del especialista, se ampliarían o se decidiría por el laser. Noté tanta angustia, desesperación e incertidumbre en ella, que le prometí que estaría en todas las sesiones, si eran en ese hospital. También tuve que arreglarle los papeles para que no la trasladasen a otro.

Así fue como comenzó mi “amistad” con el club de las cabezas blancas.

Con el tiempo, he sabido, que conocían más de mi vida de lo que yo nunca hubiese creído. Horarios, algunos gustos, familia, mis horas preferidas de caminatas y lo que más me extrañó, sabían el ¡número de zapatos que uso!, dicen que una vez coincidí en una zapatería con una de ellas y pedí dicho número. Me quedé asombrada, ¡ mi número de zapato!, ¡madre mía!, ¡ qué investigación más exhaustiva habían hecho sobre mi persona! Y yo pensando en vivir, sin fijarme en los gustos, costumbres y usos de los demás. Solo en vivir y dejar que los demás vivan como quieran o como sean más felices.

Por ellas, son cinco, he sabido que son todas solteras. Bueno una fue reincidente en el matrimonio, se casó dos veces, pero asegurando, sin yo preguntarlo, que jamás había estado enamorada de ninguno de sus maridos. “Era lo que había que hacer” – dijo. ¡pero!,  ¿cómo lo que había que hacer?, ¿no ha estado nunca enamorada? - ¡no! -¿usted no ha sentido salir su corazón por la boca, cuando estaba con otra persona?, ¿reírse sola sin saber, por qué? O ¿esperar cualquier noticia de él, para saber simplemente que está bien?- ¡no!, “eran otros tiempos” – decía. Pero ¿y el amor? - ¡anda, anda, mujer! “lo importante era no estar sola” - repitió. El amor se acaba - ¡o no se acaba! –decía yo, indignada. ¡Pero casarse dos veces, sin sentir que el mundo se hunde si no está la otra persona!, ¡no me lo puedo explicar!. Es usted una mujer de sentimientos muy fríos, le decía riéndome – ¡no, soy una mujer con mucha cabeza! – contestaba. Y yo pensaba, que debía ser cierto porque tenía una cabeza excesivamente grande para un cuerpo tan pequeño y por lógica tendría más materia gris que la mía.

Yo me pierdo porque pienso con el corazón y no canalizo los sentimientos con el cerebro. 

Con el tiempo me ha confesado, que solo estuvo casada una vez, que el segundo era un compañero sentimental con el que vivió algunos años, pero que llegó a tomarle cariño y casi al final, por distintos motivos de herencia, el hombre, que realmente la debía querer, le insistió para que se casara con él y ella por no darle el “disgusto” lo hizo, pero que realmente no fue un matrimonio. Ahí dejé de preguntar, porque ya no comprendía nada. Solo sonreí.

Empezó a entrarme curiosidad por el grupo, pero creo que ellas sentían más curiosidad aun por mi vida. Cuando mi vida, es de lo más común, hago las mismas cosas que cualquiera y a veces sin ganas, pero las hago, estoy triste, alegre, preocupada, en fin, como todos. Salvo para algunas personas, mi existencia carece de total interés.

Me preguntaban cosas, muchas cosas y algunas las respondías claramente y otras las evadía. Y yo… pues empecé a preguntar, igual que ellas.
Por eso supe, que se conocieron en una reunión, de no sé qué cosa, creí que sería algo de religión, por la similitud en sus ropas y en general sus gustos ¡no sé, por qué pensé esto!. Pero el hecho de verlas siempre en grupos de dos o tres y además que eran intercambiables entre sí, me lo hizo creer. Lo realmente curioso, era que se habían conocido en una asociación de vecinos y se reunían algunos de ellos para ir a un bingo. Jamás me las podría imaginar en un bingo, ni en ningún lugar de entretenimiento o diversión. Pero si hasta para ir al cine leen el argumento, no vaya a ser que infrinja la trama de la película algún mandamiento contra su pudor y alcurnia.

Un día, ellas, que llevaban todas el mismo color de tinte en el pelo, rubio nº8 me dijeron, decidieron que ya no se teñirían más y comenzaron a dejarse el pelo blanco, además todas llevaban una alianza de casada, decían que era por si algún hombre pensaba mal. El anillo daba respetabilidad, según ellas. Como si el respeto se llevase en el color del cabello o en un dedo. Por otra parte, ¿no sé… qué es… que un hombre piense mal?, ¿mal de qué?, ¿de que le guste una mujer o de que le gustase una de ellas?.
Ninguna había encontrado el hombre adecuado en su vida, todos tenían algún fallo, “los hombres solo dan trabajo” decían y yo riéndome más que nunca les contestaba y amor y calor y la alegría de estar con la persona que quieres. ¡qué va mujer, trabajo nada más!. Sentía pena de que ninguna de las cinco hubiesen estado jamás enamoradas.

En cuanto a las alianzas, creía que era un símbolo, como los que tenían estipulados los piratas, cuando pasaban por el cabo de Hornos, llamado antiguamente cabo de las Tormentas. Era el símbolo de haber pasado con éxito por allí y se perforaban un orificio en una de las orejas colocando en él un aro de oro, para que todos pudiesen verlo.

Al principio fueron cuatro, ya que como he dicho, una de ellas estuvo casada y no perteneció al grupo, hasta que no enviudó por segunda vez.
Las de bingos, critiqueos e investigaciones sobre los demás que se debió perder, esa mujer. Por eso era, creo, a la que más le explicaban las cosas. Pertenecía al club, hacia solo seis años. Desde que su difunto “que en gloria esté” se fue de su lado. Conociéndola, seguro que el pobre hombre está en la “gloria” como ella dice. Me parece que la alcanzó en el momento de su último suspiro y más que irse de su lado, el hombre huyó.
Se conocían de toda la vida y cuando se ponían a hablar decían : “ he visto… a tal persona…¿ quién es?- preguntaba una. ¿no te acuerdas de… tal y cual, que el padre era primo de Gonzalo, sobrino de Jesús, que estuvo casado con María, de la que tuvo dos hijos y uno emigró a América… cuando mi padre aun vivía? – ¡no!, contestaba algunas de las demás. ¡sí, mujer! Que ella tenía un amante secreto y lo sabía todo el mundo, - ¡no sé! – volvía a contestar alguna. Pues he visto al primo segundo de María, por parte de madre. Las demás contestaban ¡ah!, y zanjado el tema. Y yo me preguntaba, ¿cuál de ellas fue, la que reveló lo del amante secreto de la tal María, al resto del mundo?.
No somos amigas, yo diría que somos… “conocidas- distantemente- tratables”. Nos encontramos, nos saludamos con amabilidad y hasta dan los “buenos días”.
Pero que sepan mi nº de zapato, no me gusta. ¿quién me dice a mí, que no saben toda mi vida?. Muy pocas personas saben episodios de mi vida y lo saben porque yo se lo he contado y porque he confiado en ellas, no por la investigación que hayan podido hacer sobre mí, o al menos eso creo. Pero estas cinco chicas septuagenarias, no son de mi confianza. Tienen demasiados recuerdos antiguos, demasiadas conversaciones pendientes sobre los demás y lenguas muy afiladas.

Cuando me ven por la calle siempre dicen: ¿qué guapa vas, adonde vas? Y a lo mejor vengo hecha un desastre del trabajo, cansada, con ojeras y deseando llegar a la ducha de mi casa y pasarme debajo del agua media hora sin pensar en nada.
Alguna que otra vez, al verme me han dicho que se reunían en casa de una de ellas, ¿por qué no vienes a tomar café y charlamos? . ¿Charlar de qué?, me digo, ¡si la mitad de las cosas que hablan no las entiendo y no conozco a los ancestros de las personas que veo por la calle! Y siempre doy las mismas excusas : “no tengo tiempo” o “ estoy con el estomago mal…hay un virus, por ahí rodando. Ya saben ese que da fiebre tan alta y deja el cuerpo agotado y sin minerales”.
Cuando digo “no tengo tiempo”, siguen insistiendo. Pero lo del “virus”, es de lo más efectivo que conozco y contestan : ¡ah!, ¡bueno que te mejores! y se alejan, notando yo, como lo hacen más rápido, para que en una respiración mía, no les vaya a llegar el vínculo contaminante.

Tendré que ir buscando otra excusa distinta, la del virus dejará de servir, pronto se darán cuenta que son demasiados virus los que yo adquiero y dejaran de creerla y se me ha ocurrido una excusa mejor. La próxima vez que las vea y me inviten, simplemente diré : “no quiero ir”.

Me parece que incluso hablan mal las unas de las otras, cuando están ausentes.
Definitivamente, este grupo no me gusta nada. Saben la vida de todo el mundo, pero yo tengo ahora algo que los demás no tienen. El saber las vidas secretas de ellas y son tan tristes, apagadas y anodinas como ellas mismas, no me extraña que critiquen las de los demás, porque ellas carecen en sus vidas de cualquier tipo de emoción ya sean buenas, o malas.

La frase preferida del grupito es : “ ¡Ay!, nadie es perfecto”, por supuesto que nadie es perfecto, pero sobre todo ustedes señoras. Me dan ganas de decirles para escandalizarlas, que a mí me gustan las personas imperfectas, las humanas, las que tienen fallos como yo, no las que viven en una urna de cristal, solo para observar el mundo y criticarlo.

Han terminado las sesiones a las que prometí  acompañarla. Tiene que seguir con laser, pero yo no prometí lo del laser. Que vayan las cinco, es más fácil perderse dos que cinco personas.
 
Me pregunto, ¿cómo serían si hubiesen amado, alguna vez?