sábado, 30 de noviembre de 2013

CONSUMO Y MÁS CONSUMO





Cada vez me gusta menos guardar cosas, quiero espacios vacios, mis monstruos nocturnos no tendrían donde esconderse para que yo no los vea, cuando me despierto a media noche.

He llegado a la conclusión de que no necesitamos  muchas cosas, de todas formas, me parece que me llevo todo el día con un uniforme. He llegado a tratar mi ropa de calle como un uniforme y a colocarla en las perchas con lo que calzan. Por ejemplo: vestido, falda o pantalón con camiseta o camisa que le vaya bien al color y chaqueta o cazadora a juego. Eso me parece ahora tal tontería, que es donde noto mi evolución en ese aspecto. Cierto es, que es más cómodo, no te hace pensar. Solo si tu aspecto no es lo que encuentras más importante en ti. Pero esa época de mi vida acabó hace mucho tiempo. A veces suceden cosas, que sin importar la edad que tengas hacen sentir que siempre hay algo más importante que el resto de los usos y costumbres de la sociedad donde estamos inmersos.
Ahora abro el armario y tomo una falda o pantalón, una camisa o lo que sea y otro lo que sea y lista, la vida está llena de momentos interesantes para perderla con frivolidades.

Lo verdaderamente interesante nunca es visible, lo que está tan dentro de nosotros que muy pocas personas lo pueden ver y a esas seguro que la ropa les importa lo mismo que a mí.

Es como hacer una maleta. Las nuevas compañías, a las que yo llamo “baratas”, que son las que yo utilizo, cada vez admiten un equipaje menor para no facturar y que pueda ir en la cabina. Veo personas que ponen su maleta en el medidor y la empujan a presión, la mía sale y entra muy holgada. Pero vamos a ver, si con dos faldas, unos vaqueros, camisetas y cuatro cosas más de las precisas, vamos a todas partes, hay que contar la ropa que llevamos puesta. He visto en los aeropuertos ponerse unos pantalones encima de otros dos para pasar el equipaje sin facturar
.
Se trata de viajar, conocer sitios, personas, lugares que no has visto y de patearlo todo. ¿Para qué quiero un vestido de fiesta?, si ni me gustan, ni pienso ir a ninguna. Unos buenos zapatos de trote y ropa cómoda y como los zapatos es lo que ocupa mas lugar en la maleta y los llevo puestos, pues no hay problema.
Cuando voy a ir a algún sitio y me preguntan ¿has hecho ya la maleta?  Digo en cinco minutos la tengo preparada, no se lo creen y sí, es lo que tardo. Lo importante es : pasaporte, carnet, billete de avión y por supuesto dinero.
¡Ay! El dinero, siempre tiene que estar en medio de todo, pero es “poderoso caballero” como dice uno de los versos de D. Francisco de Quevedo.
Pero hasta sentirnos libre vale dinero, lo que en realidad hace que no seamos tan libres como pensamos.

El deseo de libertad, siempre se paga con algún tipo de moneda…
Pensamos: ¡Si yo fuera libre…Si yo fuera libre! Y no nos damos cuenta que la verdadera libertad solo existe en el pensamiento, este no exige ningún diezmo, puedes volar por todo el universo y solo tú saber adonde has ido.

Aunque parezca extraño e inverosímil, he conocido a personas que han cambiado su color de cabello porque no iba con un determinado color de abrigo o de ropa para una ocasión especial. Sin darse cuenta que lo especial es ser, como es uno y no como los demás nos quieran ver.

Esto no quiere decir que sea un desastre vistiendo, soy mujer y tengo mi punto de coquetería y me gusta ir bien arreglada, cuando hay que ir bien. Pero mi día a día, no es estar en un escaparate.
¿Adónde no se puede ir con un chándal, unos deportes o una falda y una camiseta. La cara lavada y una coleta...un día que no sea especial?, yo puedo ir a cualquier parte. Que hace sol –gafas de sol- que hace más sol –por la sombrita. Que llueve – paraguas.

Pasa lo mismo con los complementos, joyas, joyas y más joyas, ¡pero si a mí lo que me gustan son las piedras de cuarzo y las pulseras tontas!, ¡si yo no soy un árbol de navidad para ir brillando y deslumbrando por ahí!, no necesito que admiren las joyas que llevo.
No me gustan esas piedras de nombres caros y eternos. Se lo que hay detrás de esas extracciones en las minas. La pobreza y el dolor con que se sacan de las entrañas de la tierra, para que señoras y caballeros puedan lucirlas delante de sus “amigos” y vean su poder adquisitivo.

En algunas reuniones he observado que la conversación entre las personas que conozco, cuando esta va decayendo, por la hora o el hastío, las mujeres se vuelcan en hablar de joyas, comienzan así : ¡Que anillo o que pulsera más “mona” llevas!, la miro y pienso : “ Pues… a mi no me gusta” y sigue la conversación ¡sí! esta  la compre cuando estuve en París, en la rue Tréville, al lado del restaurante “le Gourmet”. 

En ese momento, mi imaginación se va de la conversación pensando : “Con lo bonita que debe ser la calle Tréville con sus casa y arbolitos parisinos, y por el nombre me imagino la calle con una plazoleta encantadora y sus banquitos y estar sentada al lado de alguien que te haga ver, que en la calle Tréville el mundo se puede parar, que a ti no te importa.

Y lo bien que se debe comer o simplemente tomar un café, en ese restaurante y entretenerse mirando una pulsera tan horrible, tan cara y engarzada con tantas piedras extraídas con dolor. Con piedrecitas llamadas “del amor eterno” que parecen cristalitos transparentes y que los hombres regalan a las mujeres jurando ese amor.

Como si el amor fuese algo material y se pudiese medir por los quilates de una piedra o por el brillo y el color del oro. No hay quilates para amar y el brillo que le demos depende del amor que sintamos.

En esto de las joyas, mis conocidas… que no amigas, son unas expertas. A veces llevo colgada una piedra simple con un cordón de cuero y quieren saber la historia, de donde la compré, esperando algo espectacular una historia increíble y rocambolesca. Cuando digo la verdad, que la compré en un mercadillo artesanal o que la han hecho para mí, se desilusionan y en realidad, para mi tiene más valor que todas sus joyas juntas, porque la hacen para mí, alguien que me quiere y se que va mucho amor en lo que llevo puesto.
Lo mismo ocurre con las pulseras. Me regalan pulseras que me hacen y eso tiene ya un valor muy importante. Esto nos dice, que la persona que nos la hace por un momento ha estado pensando en nosotros, en nuestros gustos, acordándose de nosotros y eso es más importante que la pulsera en sí y me las pongo y las disfruto ¡ah!, y como son de cuero con el agua mientras nado, no se estropean. No sé yo si el oro aguantaría ese ritmo, pero el cuarzo, el cristal o una simple piedra y una tira de cuero, si lo hacen.

Estamos inmerso en una sociedad que nos provoca e incita al consumo y debemos pensar que cada cosa que consumimos se la extraemos a la Tierra, a Nuestra Casa y que los recursos son limitados.

Teléfonos último modelo, que contienen “Coltán” llamado el mineral de la muerte, por los conflictos bélicos causados en su extracción. Estos teléfonos que tienen tantas opciones que hasta cuesta trabajo llamar, si tu teléfono tiene más de dos o tres años, ya te dicen que no sirve, porque los nuevos mandan  “whatsapp” y el tuyo no. 
Relojes de última generación con los que puedes bajar hasta cien metros de profundidad en el mar, como si fueses un batiscafo y eso ¿para qué sirve? Si a esa presión un ser humano deja de serlo para convertirse en éter mezclado con plancton.
Frigoríficos que casi te preguntan qué vas a tomar de él, para sacarlo solo.
Televisores tan planos como un papel y tan grandes como una sábana y donde siempre ponen las mismas tonterías, que además hacen daño a la vista, al oído y al cerebro.
Microondas extremos que hierven un vaso de agua en cinco segundos.
Punteros laser. Cuando en mi época de estudiante con el puntero de madera, después de indicar el profesor algo, del Sistema de la Tabla Periódica en Química, señalaba a alguno de nosotros a ver si habíamos estado atentos y te preguntaba otro peso atómico de un elemento, en otro extremo que casi se salía de la Tabla y si no lo recordabas, tenias que copiar la fila completa diez veces. 
Yo era una de los estudiantes a los que señalaba con su puntero más a menudo. Decía, que mi mirada se perdía al fondo y era cierto porque nunca lo he dicho, pero mientras este profesor explicaba yo miraba los pequeños botes con los elementos y me paraba en los de los gases, que eran unos simples botes cerrados con un tapón y por supuesto vacios, pero él nos quería hacer creer, que contenían ese gas y que si los destapábamos él lo notaría.

D.Manuel, entré una vez en el laboratorio sin su permiso con Pedro, mi compañero de sitio y destapamos todos los botecitos que usted decía que contenían los gases. Teníamos curiosidad ( yo más que él ) por ver, que ocurría si se mezclaban todos a la vez, usted nos lo ponía tan mal que pensábamos que íbamos a destruir el mundo cuando todos se mezclasen, en un espacio determinado y al mismo tiempo y ¡ya ve!, ¡aquí estamos!. Al día siguiente volvió a decir que no los tocásemos, que lo notaría. Yo no lo vi, porque miraba al libro pensando que realmente lo había notado y que sabía quien lo había hecho, pero Pedro me dijo que usted se quedo unos segundos mirándome.
Esa fue mi venganza por preguntarme siempre los gases.
Ahora se como se combinan y sí, pueden matar, pero también pueden curar.

Pues bien, él te señalaba con el puntero para que dijeses el peso o el número atómico de otro elemento que estaba en la otra punta de la tabla y que ni siquiera sabias que existía y si lo sabias pensabas que un elemento con un nombre tan raro, no debía tener mucha importancia, porque nunca oías a nadie hablar de él. Si lo hubiese hecho con un puntero laser estaríamos ahora muchos ciegos.

Robot que barren solos, con lo que me gustaba a mí, ayudar a barrer a mi abuela mientras ella cantaba.

Eso sí, todas estas nuevas tecnologías tiene sonido y lucecitas. Pitan por todo, comentan en tu facebook, un pitido del teléfono. Dejas la puerta del frigorífico mal cerrada o tardas más de lo que el frigorífico te lo permite, mientras escoges la manzana que tenga mejor color, otro pitido. 
Microondas. Lavadoras. Hornos. Cocinas. Todos tienen sus pitidos y sus luces. ¡Tienen vida propia!

No me imagino si todos estos aparatos pitasen a la vez en el planeta, qué podría ocurrir. ¿Se produciría una onda sonora de la misma frecuencia e intensidad y reventarían los oídos de todos los seres vivos? ¿Acabarían todos los cristales del planeta rotos?, como las grandes sopranos que son capaces de romper una copa, de las carísimas. ¿Cambiaría la tierra la velocidad de giro? ¿Se fundirían todos esos aparatos a la vez? ¿Nos exterminaríamos a nosotros mismos?, o simplemente ¿llegaría hasta Marte el sonido?
Eso es solo una parte de lo que llamamos progreso, pero yo no he debido progresar mucho, porque la mayoría de estas cosas me parecen una solemne tontería.

Hace unos días tuve una visita. Al abrir un saludo cordial y dije: ¡un momento subo a apagar el ordenador!, mientras subía – comento -  ¿Qué estas con el ordenador viejo? - ¡Viejo! Mi ordenador – vamos a ver ¿cuánto tiempo tiene? – cuatro años, dije a gritos desde arriba, convencida de que mi ordenador rojo no era viejo. Obsoleto, eso es una pieza de museo, una reliquia, insistió.
Bajando, fue cuando me di cuenta de su última moda en todo. Gafas último modelo, ropa de estreno de temporada y observé que llevaba un reloj de esos de cien metros de profundidad que era como un vaso de grande y un gran bolso cruzado de la conocida marca “frutos de la palmera”, desistí en decir nada de mi ordenador. Solo pregunté : ¿Quieres café casero?- ¿casero..qué es eso? - el que se hace en una cafetera, como toda la vida. Te lo puedes tomar tranquilamente, solo es café y agua y no afecta para nada al glamur de la persona.
Creo que no pilló la indirecta, porque dijo: ¡ah, vale!

La cosmética señora-caballero sería otro tema a tratar, tan exteso...que mi viejo ordenador se quedaría sin memoria.



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