jueves, 26 de septiembre de 2013

EL JUEGO



El niño aquel día se quedó muy triste, por fin se había dado cuenta que su amigo y el de su amiga, la niña china, no solo era amigo de ellos. Siempre habían sido tres, nadie más había podido nunca entrar en ese grupo, porque era hermético y cerrado, nadie lo conocía, serían amigos para siempre, solo tres, después… tenían conocidos por separados, pero solo conocidos. Y él sintió que ese círculo de amistad eterna se acababa de romper.

Julio sabía el secreto de su amiga “la china”, como la llamaban en el colegio desde que entró.

La pequeña, notaba que no era igual que sus padres, lo veía cada vez que se miraba en el alto espejo que su madre tenía en su habitación, donde siempre tenía en un lateral, colgado un pañuelo de seda con bordados de flores y que le decía que era de su abuela. Ese que ella se ponía al cuello cuando se disfrazaba de mayor o se lo ponía su madre cuando salía con su padre muy arreglada, aquel que tan bien olía, al perfume de su madre.

La diferencia que notaba la niña, nunca se lo había dicho a ellos. Sus ojos rasgados le recordaban en todo momento, que su origen era distinto y esperaba con mucho miedo a que sus padres, los que la habían criado y los únicos padres que conocía y a los que quería, les dijesen esa gran verdad que ella sabía desde hacía mucho…mucho tiempo atrás. Solo Julio sabia sus temores… solo él.
Se conocían desde hacía bastante tiempo, por lo menos desde hacía un año, que para unos niños de ocho, es una eternidad.

El primer día de clase de la chica, fue agradable para ella, por ese niño. El que sería más tarde, más que un amigo, un confidente, un hermano, un gemelo.

Él, Julio con la cara llena de pecas, los cabellos lacios y marrones, los ojos verdosos y las rodillas siempre llena de heridas, de las caídas que daba jugando. Sabía desde pequeño que no era muy agraciado en belleza, aunque sus padres se afanaban en decirle una y otra vez lo guapo que era, pero él al verse la cara con pecas, a veces lloraba sin que nadie lo notase, las odiaba. Quizá a ella le pareció tan distinto a los demás, como ella misma se sentía y eso fue lo primero que le llamó la atención de él, y seguramente a él de ella y de ahí nació una gran amistad y una gran complicidad entre ellos.
Tenían un amigo, al que conocieron casualmente, cuya única pasión era el mar y pronto fueron tres a compartir secretos, bromas y entendimientos con la mirada. Que es como mejor nos entendemos con los amigos de verdad. 

Ellos cuando se miraban no se veían los ojos, ni el color del iris, ni que su forma era diferente, ni las pecas de Julio, se miraban tan profundo al hablar que se veían las almas y cuando hablaban, casi no oían el tono de la voz, porque lo hacían con el corazón, que es la única forma de hablar que tienen los niños de esa edad. Al menos, eso era lo que hacia la niña y su amigo hacían. 

Pero ese círculo fantástico y maravilloso y que parecía que iba a ser eterno se rompió un día, cuando Julio y su amiga descubrieron que no solo ellos estaban en el alma y en el corazón de su amigo.

Tenían la costumbre de dejarse mensajes secretos que solo ellos conocían y sabían dónde estaban. Eran mensajes importantísimos, como : “ en el lateral del segundo árbol grande del patio, hay un hormiguero, con muchas hormigas y hay que dejar migas de pan, del bocadillo del recreo”, y cosas así.

Lo más divertido para los tres, era buscar los lugares secretos : debajo de una piedra de un lugar determinado, en el resquicio de una grieta de la puerta, de la vieja casa del médico del pueblo. En un lugar determinado del colegio. Cerca de la ventana que daba al patio. En la reja, a mano derecha, de la puerta de salida, e incluso en una página determinada, de un libro determinado de la biblioteca del colegio. Allí solían poner un rollito o un papel muy bien doblado, con una  letra que solía ser la inicial del que dejaba el mensaje.

Eran cosas de niños de ocho años, pero que tanta ilusión les hacían recoger.
A los tres, les ayudaba esta pobre ilusión a sobrellevar, el problema tan importante que creían tener cada uno y el día a día en el trabajo, que era el colegio. Sentían la alegría de encontrar un nuevo mensaje y quien había sido de los tres el que lo había dejado.

Pero ya la cosa había cambiado.

Fue un día, cuando Julio, pesado, testarudo y terco como una mula y un desastre para muchas cosas, decidió entrar en un juego, en un juego tonto, al que nunca lo invitaba su amigo, el niño que su única pasión era el mar.

Vio como bromeaba con otros y como se divertía y como los otros les gastaban bromas raras, como las que se les gasta a una persona que conoces desde hace mucho tiempo y notó que la amistad que tenia con uno de ellos, siempre superaría a la que tenia con la china y con el mismo.

Se lo contó con los ojos húmedos a la chica y ella notó como sus ojos, también comenzaron a lanzar, sin darse cuenta y sin querer, gotas de cristales transparentes y sintió, que algo se había roto entre los tres. El niño del mar nunca quería jugar con ella, decía que era su amigo, pero nunca quería jugar con ella, y se preguntaba una y otra vez, ¿por qué conmigo, no? Si lo puede hacer con quien quiera, ¿por qué conmigo, no?, notó que él, que decía que era su amigo, tambien la veía diferente como los demás. Se dio cuenta, que las personas nunca nos pertenecen, que solo compartimos con ellas momentos y que no podemos aférranos a esos momentos.

Julio advirtió, que los mensajes que el creía secretos para él y su amiga, eran mensajes compartidos y que no eran ni para ellos. Se lo había dicho una chica, alguien de los que jugaban en ese juego tonto, con el niño del mar.

“Abre los ojos, le dijo, no solo sois ustedes”, hay más gentes. Solo sois un entretenimiento para él. Él, nos lo ha dicho. Le resulta divertida la ingenuidad que tenéis, pero la mayoría de las veces se esconde cuando os ve porque “ya” les resultáis pesados y no sabe como decirlo.
 
La tomó de la mano y decidieron que ya nunca más lo buscarían, que si él quería algo tendría que buscarlos a ellos. Siempre sabía dónde encontrarlos pero, en ese momento se apercibieron, que nunca había hecho nada por dar con ellos. Esto les hizo pensar y recordaron que ellos siempre eran los que lo buscaban.

No sentían rabia, no… no era rabia, ni celos de amistad, ni nada de eso que decían los mayores. Era decepción y pena profunda, tan honda como la que sienten los mayores, porque la pena, no se puede medir ni pesar ni tiene edad. Se dieron cuenta que este sentimiento se produce cuando los ojos se abren demasiado ante la vida, las cosas y las situaciones, era la primera lección que habían aprendido juntos.

Volvieron a sus casas con una buena dosis de tristeza, resignación y dignidad rota. Pero conociendo lo que era el “amor propio”.

Cuando llegó a su casa, la chica fue tajante en la pregunta a sus padres, ¿de dónde soy?, lo que tanto miedo le había dado que le dijesen alguna vez, desde que notó que no era como ellos, lo dijo así, sin más, de golpe. Creyó, que ya nada le podría hacer más daño.

Y el niño de las rodillas con heridas, cuando iba de camino a su casa, pensó : “ creo que ya soy mayor”.

Habían aprendido su primera lección fuera del colegio.

La vida, a veces, es tan agradecida con nosotros y nos quiere tanto... que nos pone en las situaciones idóneas, en el lugar justo y en el momento adecuado, para que “ un alma caritativa ” nos haga abrir los ojos y esa misma vida, nos da una “colleja” para que espabilemos y aunque duela, es de agradecer.



No hay comentarios:

Publicar un comentario